Asestando un golpe mortal a la democracia, el presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, anunció el 19 de julio de 2026 que no volverá a celebrar elecciones para evitar que la oposición llegue al poder.
"Aquí se acabó la historia de que los partidos puestos por los yanquis [Estados Unidos] volverán a llegar al Gobierno, jamás, jamás, jamás", dijo Ortega, desafiando retóricamente al presidente estadounidense, Donald Trump, que pretende reafirmar la hegemonía de su país en el continente americano.
Desde la represión de las protestas de 2018, Ortega ha anulado gradualmente la independencia de poderes en Nicaragua y, en 2025, incluso convirtió a su esposa, Rosario Murillo, en copresidenta.
Hasta ahora, Washington ha prohibido la entrada a EE. UU. a más de 2.000 oficiales nicaragüenses y sus familias, y ha sancionado a miembros de la familia Ortega-Murillo y a industrias clave, como la aurífera.
Mientras Estados Unidos condena claramente el autoritarismo nicaragüense, llama la atención su estrecha relación con el Gobierno de Nayib Bukele, en El Salvador, uno de sus mayores aliados en América Latina.
Si bien el país centroamericano celebra procesos electorales y el presidente Bukele goza de una alta popularidad, la oposición y organizaciones de derechos humanos critican su política de mano dura y una creciente concentración de poder en manos del Ejecutivo.
Así, gracias a una reforma constitucional, el presidente Bukele podría aspirar en 2027 a un tercer mandato consecutivo.
¿Cómo se explica la postura ambigua de Washington frente a las tendencias autoritarias en estos dos países centroamericanos?
"La Administración Trump ha construido su política hacia América Latina priorizando a los Gobiernos que colaboran con sus objetivos en materia de seguridad, migración y contención de la influencia de actores considerados adversarios, como Cuba, Venezuela o China", señala Ana María Méndez Dardón, directora para Centroamérica de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA).
Nicaragua es, para Washington, un régimen autoritario alineado con esos actores. Asimismo, existe una "relación históricamente conflictiva" entre ambos países.
"Eso ha facilitado una política basada en sanciones, aislamiento diplomático y una condena constante de la deriva autoritaria del régimen", explica la experta, en declaraciones a DW.
"En cambio, pese a las crecientes preocupaciones sobre el debilitamiento del Estado de derecho y la concentración de poder bajo Nayib Bukele, El Salvador se ha convertido en un socio estratégico para Washington", observa Méndez.
En su opinión, esto se debe a la estrecha cooperación de Bukele en materia migratoria y de seguridad, incluyendo la recepción de personas deportadas.
A juicio de Manuel Orozco, director del programa de Migración, Remesas y Desarrollo del Diálogo Interamericano, la lectura de Trump es sencilla: si no hay lealtad, hay presión.
En la práctica y en la retórica, El Salvador se apega más a la "Doctrina Donroe" ―de dominar el continente americano― que Nicaragua, asegura el experto.
Bukele no rechaza que se deporten salvadoreños, mientras que, para deportar a nicaragüenses, EE. UU. tiene que buscar a veces a terceros países.
El Salvador tampoco ha profundizado su relación con China, mientras que Nicaragua está metido "hasta el cuello" con el país asiático y, además, se ha aprovechado del tratado de libre comercio entre República Dominicana, Centroamérica y Estados Unidos para mantener un superávit comercial con Estados Unidos, comenta Orozco.
La "radicalización" de la dictadura nicaragüense estaría relacionada con el "bajo riesgo de que Estados Unidos responda como en Venezuela o en Cuba, porque no son una ficha de alto valor. Sin embargo, la presión continuará", cree el experto de Diálogo Interamericano.
Sin embargo, también destaca una inconsistencia de la Administración Trump: "La lealtad de Nicaragua hacia Rusia, China e Irán no es favorable para el interés nacional de Estados Unidos y su inacción o baja presión resulta contraproducente ante el continuo ataque de Nicaragua en su contra", dice.
Como ejemplos, menciona el hecho de que los Ortega-Murillo "hayan albergado a terroristas", como el italiano Alessio Casimirri. O que "hayan prestado el territorio para que nacionalidades de terceros países pasaran por ahí para irse a la frontera, tengan un tratado de seguridad militar con Rusia y presencia policial rusa, otorguen derechos mineros a China para desplazar empresas transnacionales estadounidenses en la exportación del oro, y hayan confiscado propiedades de inversionistas norteamericanos y nicaragüenses".
Con miras al futuro próximo, ambos expertos consultados por DW no esperan cambios sustanciales en las relaciones de Washington con la Nicaragua de Ortega y El Salvador de Bukele.
Sin embargo, habrá que esperar a ver si Daniel Ortega materializa su amenaza de no volver a celebrar comicios. En caso de que sean aprobadas leyes al respecto, el Gobierno de Donald Trump podría verse inclinado a pasar de la presión a algún tipo de acción intervencionista.
Fuente: Deutsche Welle

