En sus acciones por avanzar hacia una solución del ya famoso “caos del tránsito”, el presidente Luis Abinader designó al mayor general retirado Juan Manuel Méndez García como director del Instituto Nacional de Tránsito y Transporte Terrestre (Intrant).
El general Méndez es un servidor público al que conocemos, sobre todo, por su prolongada labor al frente del Centro de Operaciones de Emergencias (COE), ese gabinete interinstitucional que reúne a organismos del Estado y los pone en alerta y acción cuando el país se aproxima a una situación de emergencia o calamidad.
Su trayectoria al frente del COE lo ha proyectado como un hombre de disciplina, organización y capacidad operativa; pero también como un servidor público afable, respetuoso y cercano en el trato con los demás.
Con ese perfil llega ahora a una institución que tiene ante sí uno de los problemas más complejos de nuestra vida cotidiana: el tránsito.
Y digo complejo porque ya no estamos simplemente ante una dificultad de circulación vehicular. Estamos ante un problema estructural que se ha acumulado durante décadas, en el que confluyen deficiencias de infraestructura, transporte público, ordenamiento urbano, aplicación de las normas y, de manera muy importante, la conducta de quienes utilizamos las vías públicas.
Las consecuencias son conocidas y dolorosas.
La Organización Mundial de la Salud ha situado a República Dominicana entre los países con tasas muy elevadas de mortalidad por accidentes de tránsito. Detrás de las estadísticas hay vidas truncadas, familias traumatizadas, personas disminuidas y enormes costos humanos, sociales y económicos.
Pero hay algo más que deberíamos preguntarnos.
¿Qué nos pasa cuando nos ponemos al volante?Porque una parte importante del problema está también dentro de cada uno de nosotros, que aquí guiamos desordenadamente, pero cuando vamos a países desarrollados cumplimos las normas.
En nuestras calles muchas veces convertimos el automóvil, la motocicleta o cualquier otro vehículo en una extensión de nuestras ansiedades, impaciencias y frustraciones. El afán por llegar primero, adelantarnos a los demás, ganar un espacio o simplemente no ceder el paso termina imponiéndose sobre el respeto al derecho del otro.
Pisamos el acelerador como si unos segundos pudieran valer más que una vida.
Ignoramos señales, límites de velocidad y semáforos; estacionamos donde no debemos; bloqueamos intersecciones; utilizamos las aceras como estacionamientos; adelantamos de manera temeraria y, con frecuencia, reaccionamos con agresividad ante quien simplemente intenta cumplir una norma.
Así vamos construyendo, entre todos, ese “caos del tránsito” del que después nos quejamos.
¿A qué se debe?¿Cómo podemos ayudar al general Méndez a realizar con efectividad la tarea que le ha sido encomendada?
En una reciente entrevista que realizáramos al psiquiatra José Miguel Gómez, nos explicó que una de las raíces del problema está en un “déficit de ciudadanía”, que conduce a la pérdida progresiva de sensibilidad hacia los demás. Desde esa perspectiva, el tránsito termina convirtiéndose en un espacio donde se expresan conductas que afectan la convivencia y generan niveles considerables de tensión y estrés, particularmente en nuestras grandes ciudades.
La psicóloga clínica, psicoterapeuta y docente universitaria Itania María, entrevistada por la comunicadora Rosario Medina Gómez para Sinergya.com.do, apunta en una dirección igualmente importante: muchas de las conductas que observamos en nuestras calles son “aprendidas, permitidas y normalizadas” y, precisamente por ello, pueden ser desaprendidas y transformadas.
Aquí aparece una luz de esperanza.
Si parte del problema está en nuestras conductas, también parte de la solución está en nosotros.
No podemos dejarle todo al Intrant, a la Policía de Tránsito, a los ayuntamientos o al Gobierno. Ellos tienen responsabilidades fundamentales: hacer cumplir las leyes, organizar, educar, fiscalizar, sancionar y construir las condiciones necesarias para una movilidad segura y eficiente.
Pero ninguna autoridad podrá resolver por sí sola un problema que millones de ciudadanos reproducimos diariamente.
Por eso, el nombramiento del general Méndez podría ser mucho más que un cambio administrativo.
Podría ser una oportunidad para que todos hagamos nuestra parte.
Que el conductor disminuya la velocidad.
Que el motociclista respete las reglas.
Que el peatón utilice los espacios destinados para cruzar.
Que dejemos de considerar una virtud “ganarle” el paso al otro.
Que entendamos que llegar dos minutos antes no puede tener más valor que preservar una vida.
Que aprendamos, en fin, que la vía pública no es propiedad de nadie en particular: es un espacio que compartimos todos.
Necesitamos leyes y autoridades que funcionen, pero también necesitamos ciudadanos que quieran vivir bajo esas leyes.
Hagamos, pues, una pequeña introspección.
Pensemos que detrás de cada volante, de cada timón y de cada peatón hay una persona que tiene derecho a regresar sano y salvo a su casa.
En esta llamada era del conocimiento, quizás una de nuestras tareas pendientes sea convertir el conocimiento en comportamiento, la norma en hábito y la convivencia en una práctica cotidiana.
El general Méndez llega al Intrant con el respaldo de una trayectoria que le ha ganado reconocimiento en el servicio público, como un dominicano del que todos podemos sentirnos orgullosos. Ayudésmolo a quedar bien.
Démosle un espaldarazo.
Ese espaldarazo no consiste solamente en desearle éxito.
Él pondrá su parte, como lo ha hecho en cada encomienda recibida.
Ayudarlo significa que cada uno de nosotros empiece por cambiar aquello que está bajo su propio control.
Porque si logramos transformar el “caos del tránsito” en una cultura de respeto, prudencia y convivencia, el éxito del general Méndez será también nuestro éxito.
Y, al final, ese espaldarazo a Méndez habrá sido algo más hermoso: un abrazo a todos nosotros.
https://hoy.com.do/opinion/espaldarazo-mendez-abrazo-todos_1103073.html
Fuente: Intrant

