CONFERENCIA MAGISTRAL, Martes 22 de Septiembre 2026, 6PM, en la Universidad del Caribe (UNICARIBE), Invita Rafael Santos Badía (MescytRD)

CONFERENCIA MAGISTRAL, Martes 22 de Septiembre 2026, 6PM, en la Universidad del Caribe (UNICARIBE), Invita Rafael Santos Badía (MescytRD)

Distinguidas autoridades, dirigentes, compañeros y compañeras, invitados especiales, señoras y señores:

Es para mí un honor compartir con ustedes algunas reflexiones sobre un tema que atraviesa toda la historia de la política democrática: la relación entre la unidad de los partidos y su capacidad para conquistar, ejercer y conservar legítimamente el poder mediante el voto popular.

La historia política ofrece una enseñanza que merece ser estudiada con detenimiento: los partidos alcanzan sus mayores niveles de competitividad cuando son capaces de convertir su diversidad interna en una fuerza común; y suelen debilitarse cuando sus diferencias se transforman en fragmentación, resentimiento o ruptura.

Sin embargo, debemos comenzar haciendo una precisión fundamental.

Unidad no significa unanimidad

Un partido verdaderamente democrático no es aquel donde todos piensan igual. Es aquel donde existen diferencias, aspiraciones, corrientes y debates, pero donde también existen mecanismos suficientemente sólidos para procesarlos y preservar un proyecto común.

La unidad política auténtica no consiste en eliminar las diferencias.

Consiste en impedir que las diferencias destruyan el propósito colectivo.

I. EL PARTIDO POLÍTICO COMO CONSTRUCCIÓN COLECTIVA

Ningún partido importante es obra de una sola persona.

Los partidos son construcciones históricas en las que confluyen generaciones, territorios, sectores sociales, dirigentes, militantes, simpatizantes y ciudadanos que comparten determinadas aspiraciones.

Por eso, un partido político debe aprender permanentemente a administrar dos fuerzas que parecen contradictorias, pero que en realidad son complementarias:

la competencia interna y la cooperación colectiva.

La competencia permite renovar liderazgos.

La cooperación permite conservar la organización.

La competencia genera alternativas.

La cooperación construye gobernabilidad.

El problema aparece cuando la competencia interna deja de ser una lucha legítima por conquistar el respaldo de los compañeros y se transforma en una lucha para destruir al adversario interno.

En ese momento, el compañero comienza a ser tratado como enemigo.

Y cuando eso sucede, el partido empieza a consumir internamente las energías que debería utilizar para competir electoralmente frente a sus verdaderos adversarios.

II. LA HISTORIA Y EL COSTO DE LAS DIVISIONES

La historia política mundial está llena de ejemplos de organizaciones que, teniendo importantes posibilidades electorales, terminaron debilitándose como consecuencia de sus propias fracturas.

Cuando un partido se divide, no solamente divide dirigentes.

También divide estructuras.

Divide militantes.

Divide recursos.

Divide mensajes.

Divide lealtades.

Y, sobre todo, divide la confianza del electorado.

El ciudadano observa cuidadosamente el comportamiento de las organizaciones políticas.

Cuando percibe un partido concentrado exclusivamente en conflictos internos, inevitablemente surge una pregunta:

Si no pueden gobernarse a sí mismos, ¿cómo podrán gobernar una nación?

Esa pregunta puede resultar devastadora electoralmente.

Porque las elecciones modernas no se ganan únicamente con estructuras partidarias. También se ganan transmitiendo confianza, estabilidad, capacidad de conducción y visión de futuro.

III. LA EXPERIENCIA DOMINICANA

La República Dominicana constituye un extraordinario laboratorio histórico para estudiar la relación entre unidad, división y resultados electorales.

Nuestra historia democrática registra múltiples momentos en los cuales las divisiones internas modificaron profundamente el sistema político.

El Partido Revolucionario Dominicano, fundado en 1939, desempeñó un papel fundamental en la construcción democrática dominicana.

Sin embargo, su historia también estuvo marcada por importantes divisiones.

De sus procesos internos surgieron posteriormente nuevas organizaciones políticas que terminarían ocupando espacios determinantes dentro del sistema partidario nacional.

La salida de Juan Bosch y la posterior fundación del Partido de la Liberación Dominicana en 1973 modificaron el mapa político dominicano.

Décadas después, nuevas contradicciones dentro del PRD desembocarían en otro proceso político de enorme trascendencia.

En 2014 surgió formalmente el Partido Revolucionario Moderno (PRM)
Y apenas seis años después, en las elecciones de 2020, esa organización alcanzó la Presidencia de la República con Luis Abinader

¿Qué demuestra esto?

Que las divisiones partidarias pueden tener consecuencias históricas que trascienden completamente el momento en que ocurren.

Pero también demuestra algo más profundo:

las organizaciones que emergen de grandes crisis necesitan construir posteriormente su propia unidad para poder convertirse en alternativas reales de poder.

IV. UNIDAD NO ES AUSENCIA DE COMPETENCIA

Existe una interpretación equivocada según la cual la unidad exige eliminar las aspiraciones personales.

Eso no es democrático ni realista.

En toda organización política existirán aspiraciones legítimas.

Habrá personas interesadas en ser presidentes, senadores, diputados, alcaldes, regidores o autoridades partidarias.

Las aspiraciones no destruyen los partidos.

Lo que puede destruirlos es la manera en que se administran esas aspiraciones.

Un partido institucionalmente maduro establece reglas conocidas, procesos transparentes y mecanismos aceptados por todos.

Quien gana debe comprender que necesita a quienes no ganaron.

Y quien pierde debe comprender que una derrota interna no significa necesariamente el final de su carrera política.

Aquí encontramos uno de los secretos fundamentales de la unidad:

el ganador no debe humillar y el derrotado no debe sabotear.

Cuando ambos principios funcionan, la competencia interna fortalece al partido.

Cuando desaparecen, la competencia puede convertirse en fractura.

V. DE LA UNIDAD INTERNA A LA VICTORIA ELECTORAL

¿Cómo se transforma la unidad en fortaleza electoral?

Existen varios mecanismos.

Primero, mediante la movilización.

Un partido unido dispone de dirigentes y militantes trabajando en una misma dirección.

Segundo, mediante la coherencia del mensaje.

El electorado entiende mejor una propuesta cuando sus principales dirigentes defienden objetivos compatibles y una visión reconocible.

Tercero, mediante la confianza.

La unidad proyecta capacidad de organización.

Cuarto, mediante la integración territorial.

Las elecciones no se ganan solamente desde las direcciones nacionales. Se construyen municipio por municipio, distrito por distrito, recinto por recinto y mesa por mesa.

Finalmente, mediante la incorporación del liderazgo derrotado.

Cuando concluye una competencia interna, quienes obtuvieron una parte significativa del respaldo partidario representan también una parte de la organización.

Excluirlos significa excluir políticamente a quienes los respaldaron.

Integrarlos significa ampliar la fuerza colectiva.

VI. LA UNIDAD COMO VENTAJA, NO COMO GARANTÍA

Aquí debemos evitar una simplificación.

Un partido unido también puede perder elecciones.

La unidad por sí sola no sustituye una buena gestión gubernamental, candidatos competitivos, organización territorial, credibilidad, conexión social ni propuestas capaces de responder a las necesidades de la población.

Por tanto, la relación correcta no es:

Unidad = victoria automática.

La relación históricamente más defendible es:

Unidad + organización + liderazgo + propuesta + credibilidad + conexión ciudadana = mayor capacidad competitiva.

La unidad funciona como un multiplicador.

Si existe organización, la fortalece.

Si existe liderazgo, lo proyecta.

Si existe una buena propuesta, permite comunicarla coherentemente.

Pero la unidad no puede compensar indefinidamente los errores políticos, el alejamiento de la ciudadanía o una mala gestión.

VII. EL GRAN DESAFÍO DE LOS PARTIDOS DE GOBIERNO

Los partidos gobernantes enfrentan una dificultad adicional.

Deben administrar simultáneamente el Estado, el partido y las expectativas políticas de miles de dirigentes y militantes.

Y esas tres dimensiones no siempre avanzan al mismo ritmo.

Gobernar implica tomar decisiones que pueden generar costos.

Administrar el partido implica escuchar a sus estructuras.

Prepararse para futuras elecciones implica renovar liderazgos sin destruir la cohesión interna.

Por eso, mientras más cerca se encuentra una organización de un proceso sucesorio, mayor debe ser su madurez institucional.

Las aspiraciones aumentan.

Los equipos comienzan a organizarse.

Surgen preferencias.

Aparecen encuestas.

Se intensifica la competencia.

Ese proceso es natural.

Lo verdaderamente importante es establecer una frontera clara:

competir sin destruir.

VIII. EL ADVERSARIO INTERNO NO PUEDE CONVERTIRSE EN ENEMIGO

Una de las prácticas más peligrosas consiste en construir campañas internas utilizando métodos diseñados para elecciones contra partidos adversarios.

Cuando un aspirante destruye públicamente la reputación de otro compañero para derrotarlo internamente, puede estar destruyendo también un activo político que su propio partido necesitará posteriormente.

Supongamos que dos dirigentes compiten por una candidatura.

Si durante meses ambos equipos se acusan mutuamente de corrupción, incapacidad, deshonestidad o traición, ¿qué ocurrirá cuando uno resulte seleccionado?

El partido tendrá entonces que pedirle a la sociedad que vote precisamente por la persona cuya reputación algunos de sus propios dirigentes ayudaron a destruir.

Es una contradicción estratégica.

Por eso, las campañas internas requieren límites.

Se pueden confrontar ideas.

Se pueden comparar trayectorias.

Se pueden defender proyectos diferentes.

Se puede competir intensamente.

Pero debe preservarse un principio:

después de la competencia tendremos que volver a encontrarnos.

IX. LA UNIDAD DESPUÉS DE LA DECISIÓN

La verdadera prueba de la unidad partidaria no ocurre antes de una elección interna.

Ocurre al día siguiente

Es relativamente sencillo hablar de unidad cuando todavía todos creen que pueden ganar.

La dificultad comienza cuando solamente uno obtiene la candidatura.

Ese momento requiere grandeza de ambas partes.

Quien obtiene la victoria debe abrir las puertas.

Quienes no resultan favorecidos deben reconocer las reglas legítimamente establecidas.

Y la dirección partidaria debe construir mecanismos reales de integración.

No basta una fotografía de todos juntos.

No basta levantar las manos en una tarima.

No basta emitir una declaración pública.

La unidad verdadera necesita participación

Necesita responsabilidades.

Necesita respeto.

Necesita canales de comunicación.

Necesita representación territorial.

Necesita confianza.

X. UNIDAD CON LA SOCIEDAD

Existe todavía una dimensión superior.

Un partido puede estar perfectamente unido internamente y, sin embargo, encontrarse profundamente desconectado de la sociedad.

Por eso, la unidad partidaria debe trascender las estructuras.

Debe convertirse en unidad de propósito con la ciudadanía.

Los partidos existen para representar aspiraciones sociales, no simplemente para preservar sus propias estructuras.

La población espera soluciones relacionadas con empleo, seguridad, educación, salud, vivienda, transporte, oportunidades, institucionalidad y calidad de vida.

Cuando la conversación partidaria gira exclusivamente alrededor de candidaturas, posiciones y liderazgos, existe el riesgo de olvidar al protagonista fundamental de toda democracia:

el ciudadano

La mejor unidad partidaria es aquella construida alrededor de una causa superior al partido mismo.

XI. UNA LECCIÓN PARA EL FUTURO

La política cambia.

Las generaciones cambian.

Las tecnologías cambian.

Las formas de comunicación cambian.

Pero existe una realidad que permanece:

ninguna organización puede alcanzar grandes objetivos colectivos si desperdicia sus energías destruyéndose internamente

La historia demuestra que las organizaciones políticas fuertes desarrollan mecanismos para competir, resolver conflictos, renovar liderazgos y posteriormente reunificarse.

La democracia interna y la unidad no son conceptos opuestos.

Al contrario

La democracia interna bien administrada puede producir una unidad mucho más sólida, porque surge de reglas legítimas y resultados reconocidos.

XII. CONCLUSIÓN: LA UNIDAD COMO RESPONSABILIDAD HISTÓRICA

Compañeras y compañeros:

La unidad no significa silencio.

La unidad no significa obediencia ciega.

La unidad no significa renunciar a las aspiraciones.

La unidad significa comprender que ninguna aspiración individual puede colocarse por encima de la supervivencia y del propósito colectivo de una organización democrática.

La historia política dominicana y mundial nos enseña que construir un partido requiere años, incluso generaciones.

Dividirlo puede tomar apenas semanas

Por eso debemos preservar las instituciones, respetar las reglas, fortalecer la democracia interna y comprender que después de cada competencia llega inevitablemente el momento del reencuentro.

Quien aspire a dirigir debe aprender también a integrar.

Quien gane debe saber sumar.

Quien pierda debe encontrar espacio para continuar aportando.

Quien dirige debe garantizar reglas para todos.

Y todos deben comprender que la victoria electoral comienza mucho antes del día de las elecciones.

Comienza cuando una organización decide transformar sus diferencias en diversidad, su diversidad en participación, su participación en unidad y su unidad en una fuerza política capaz de conquistar la confianza mayoritaria de la sociedad.

Podríamos resumir esta reflexión en una idea:

La unidad no asegura por sí sola la victoria; pero cuando una organización combina unidad, democracia interna, buen gobierno, liderazgo, organización y conexión con la ciudadanía, convierte su diversidad en una extraordinaria ventaja electoral.

Que las diferencias produzcan debate y no ruptura.

Que las aspiraciones produzcan competencia y no enemistad.

Que las victorias internas produzcan integración y no exclusión.

Y que después de cada proceso podamos recordar algo fundamental:

«Podemos competir entre nosotros durante un momento, pero debemos ser capaces de caminar juntos cuando el proyecto colectivo así lo exige«

Muchas gracias.

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