De derecha a izquierda, y viceversa, el péndulo se inclina en las elecciones en América Latina y esta vez de forma marcada. En contraste con la pasada marea rosa de gobiernos progresistas de izquierda, ahora es el turno de la ola conservadora de derecha, que se está consolidando con gracias a los últimos trinufos de triunfos en Ecuador, Chile, Bolivia, Perúy Colombia.
"Es un péndulo, pero es además un péndulo anti establishment, porque las recetas antiguas que se habían dado ya no les sirven a los electorados y buscan nuevas alternativas fuera de lo establecido", dice a DW Javiera Arce, investigadora del Centro de Estudios para la Gestión Pública de la Universidad de Valparaíso, Chile.
"Algunos análisis muestran que el cambio es lo que ha determinado el voto en muchas de las elecciones de los últimos años en América Latina. A veces, cuando aparecen opciones autoritarias o reaccionarias, tiene que ver más con la búsqueda de un cambio respecto a lo que había, que con una adhesión programática a la ultraderecha", señala a DW Pablo Vommaro, director ejecutivo del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO).
En opinión de Arce, los partidos políticos se han vuelto "menos ideologizados y más bien pragmáticos, basados en un consenso centrista". Con ello, ha bajado la disputa ideológica y se han concentrado en nuevas causas. "Se enfrentan por temas más accesorios y demandas más inmediatas, pequeñas y de nicho", añade la doctora en Ciencia Política, quien estima que las conexiones de la población con los partidos se han debilitado: "Parece ser que no canalizan precisamente los afectos de la ciudadanía. Por lo tanto, hemos tenido un revival de las antiguas demandas materiales, como tener seguridad ciudadana y seguridad económica".
En opinión de Hans-Jürgen Burchardt, la duración de los ciclos del péndulo es variable y no sabemos cuánto pueda extenderse a mediano y largo plazo. "Hay que reconocer, por un lado, que el centro progresista no logró cumplir con su promesa más importante, que ha sido la redistribución, pero no solamente por cuestiones de justicia social, sino por hacer más productivos a los países y, a través de eso, mejorar las condiciones de vida y de trabajo. Esa ha sido una gran desilusión de estos gobiernos, y de eso se ha aprovechado la derecha en algunos momentos", observa el catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad de Kassel, en diálogo con DW.
Por otra parte, pone el ejemplo de la última elección en Chile. El debate se centró en la seguridad, un tema muy presente en los medios, a pesar de que el nivel de alarma no se condice con las cifras. Como la migración, la inseguridad es un tópico que prioriza la derecha, por sobre preocupaciones como como salud, educación o pensiones.
Si bien persisten disputas por agendas materiales en algunos países, como el trabajo, la vivienda o la salud -en la elección de Milei en Argentina, por ejemplo, fue la inflación o el valor del dólar-, "la disputa situada en el terreno de las subjetividades, de lo afectivo, lo emocional y los gustos ha cobrado mayor importancia y mayor espacio en la definición de las contiendas electorales en los últimos años", explica Vommaro.
"Hay una disputa de sentido, que inclusive en algunas fuerzas de ultraderecha se enuncia como batalla cultural", evalúa el profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Esto incide en la configuración de las subjetividades de las y los votantes, y se articula con la sensación de descontento que prima en estos escenarios. En la disputa por influenciar las percepciones, el mundo digital y las redes sociales tienen un rol importante, así como la estrategia de las desinformaciones, las noticias falsas o creadas con IA a partir de datos no verídicos.
A esta situación contribuye "la creciente incertidumbre en la que vivimos, un mundo donde parece que nada es seguro, que todo se puede conmover, desde la tierra que tiembla hasta la pandemia y las guerras. La incertidumbre respecto al futuro es muy fuerte en las nuevas generaciones. También contribuye a que la dimensión afectiva cobre mayor valor que en décadas anteriores", expone el director ejecutivo de CLACSO.
Por su parte, Burchardt apunta a que "ningún político tiene respuestas, y la derecha no las tiene, pero logra capitalizar el miedo, aunque no se puede resolver la cuestión de la seguridad a través de un aumento de represión policial o militar. Se necesitan otras respuestas".
Al respecto, el director del Centro de investigación Käte Hamburger Kolleg, de la Universidad de Kassel, distingue diferencias entre los países: Argentina depende mucho del FMI y de los créditos, y ante la amenaza de falta de apoyo de Trump, parte de la población decidió votar por Milei. Pero en Brasil, en tanto, Lula tuvo una postura clara de defender su autonomía, y ganó popularidad.
Al observar los vaivenes de las elecciones latinoamericanas del último tiempo, pareciera que los electores ya no son fieles a una tendencia política, sino que se mueven por otros intereses. "Sienten que tampoco la política ha sido fiel con ellos y con sus demandas, por lo que acomodan sus preferencias, maximizando sus opciones", indica Arce.
Para Vommaro, "hoy en día el voto se define menos por ideología, adhesión a un programa o fidelidad partidaria, y se decide más por condiciones materiales y subjetivas más inmediatas. El voto es más pragmático en el sentido de más contingente, menos fidelizado a algunas opciones. Existen también votos fidelizados, por supuesto, pero se van diluyendo cada vez más".
Al mismo tiempo, "es más emocional, afectivo y vinculado con otras afinidades que no tienen que ver directamente con una adhesión programática o ideológica, sino con sensaciones y percepciones, que muchas veces son más bien negativas, es decir, de malestar, de desilusión y desencanto. Y entonces aparece una búsqueda de cambio", plantea el académico de la UBA.
"Se podría decir que votan en contra de algo: por ejemplo, en Chile, en contra del fascismo de Kast en 2021, o en contra del comunismo de Jeannette Jara en 2025, o en Colombia recién, o el voto antiperonista con Milei en 2023".
En ese sentido, Burchardt ve que en Argentina "el último gobierno de Alberto Fernández fue una desilusión para gran parte de las personas. No solo creó una alta inflación, sino también aumentó el desempleo entre los jóvenes, y ellos se sintieron más desilusionados del gobierno progresista que de las propias ideas y objetivos de la derecha".
En medio de este panorama, la pregunta es si pasó el tiempo de las ideologías. Arce precisa: "No hablaría de posideología. Estas derechas que tenemos son extremadamente ideológicas. Estamos viviendo una lucha descarnada por la ideología y es una ideología completamente distinta".
Por su parte, Burchardt considera que pasó "hasta cierto punto". "Si hablamos de la izquierda o de los partidos progresistas, les falta una narrativa de una promesa de futuro, y si los políticos no pueden ofrecer nada, significa que tenemos una desideologización, pero no como un proceso de nueva política, sino de incompetencia de accionar una narrativa". Asimismo, estima que la derecha tiene la capacidad de "canalizar, capitalizar el miedo (de la ciudadanía) y eso es lo que está haciendo al ganar elecciones, aunque no tiene respuesta para nada. Y eso no es una ideologización".
"No sé si la ideología quedó atrás, porque inclusive desde los discursos dominantes se agita ideología, cuando se tilda de 'comunista' o 'socialista', o hace unos años, de 'castrista' o 'chavista', o cuando se ponen algunos países, como Cuba o Venezuela, como los ejemplos negativos, los 'cucos' y las causas de todos los males. Esos discursos son fuertemente ideológicos", advierte Vommaro. No obstante, reitera que las ideologías y las adhesiones programáticas han perdido peso específico en la contienda política, al tiempo que crecen las adhesiones afectivas, emocionales y más subjetivas.
Fuente: Deutsche Welle

