Sinceramente, hasta hoy no entiendo por qué comenzó esta guerra, por qué continúa y cómo podría terminar: cuándo y a qué precio. Yo no elegí la guerra y nadie me envió allí. Para mí, una contienda bélica es algo arcaico, un regreso a la lógica de la cruda violencia en una época en la que la humanidad habla de colonizar Marte.
Cuando el conflicto llegó a mi tierra, yo – un hombre que nunca había sostenido un arma – me enfrenté a la decisión de quedarme como espectador o participar en la defensa de mi país. Mi decisión de unirme al Ejército tuvo menos que ver con el deber y más con la posibilidad de ser sujeto y no objeto de la historia. Se trataba del derecho a no convertirme en una simple víctima de las circunstancias.
Con el tiempo, la guerra perdió para mí su carácter abstracto y se volvió profundamente personal. Ya es rutina, parte de mi vida cotidiana. No noto cambios psicológicos profundos en mí; quizá porque ya ocurrieron y se volvieron costumbre. Apenas puedo imaginar cómo sería vivir de otra manera.
Mi dolor es por los amigos que no regresarán y por los lugares de mi pasado que han sido destruidos. Veo lo que ocurre en las ciudades del frente. Pero me preocupa especialmente cuando atacan Kiev. Después de cada bombardeo escribo a mis seres queridos: “¿Cómo están? ¿Tienen electricidad?¿Hace frío en la casa?”
No son solo los combates los que destruyen a las personas. A pesar de todo lo que se habla sobre la tecnificación de la guerra moderna, dentro del Ejército persisten problemas acumulados durante años, que hoy quiebran a las personas en el frente más rápido que el enemigo.
Los casos masivos de deserción no surgieron porque los soldados se hayan vuelto cobardes o hayan dejado de ser patriotas. La razón es que quienes están en las unidades del frente simplemente han llegado al límite de sus fuerzas, física y mentalmente.
El escenario se repite. La unidad no recibe descanso. El tiempo en las posiciones se prolonga hasta lo inhumano. Los refuerzos no llegan o no están preparados para lo que les espera. Cuando fui herido y evacuado en el invierno de 2023, de mi pelotón, que originalmente estaba compuesto por 30 hombres, solo cinco seguían en las posiciones. Los demás ya estaban heridos o habían muerto.
La resistencia humana tiene límites. Si las rotaciones se realizaran con regularidad, si las personas fueran relevadas con mayor frecuencia y las condiciones de servicio fueran al menos un poco más humanas, no veríamos en el frente la situación actual. A menudo exigimos a los soldados que sean héroes, pero olvidamos darles la posibilidad de ser simplemente soldados: entrenados, bien equipados y al menos un poco descansados.
Porque si un infante pasa en promedio 60 días en su posición – según reportes de prensa, el récord actual de permanencia en la línea del frente es de 472 días, es decir, más de un año y tres meses – difícilmente puede hablarse de un cumplimiento eficaz de las tareas. El estrés del combate es tan enorme que devora a la persona por dentro.
Sí, la guerra se libra hoy a una distancia mucho mayor. Los drones asumen en gran medida las tareas de combate y vigilancia constante del campo de batalla. Es un gran avance tecnológico.
Existen unidades de drones que trabajan estrechamente con la infantería. Pero, en última instancia, la línea de defensa no la sostienen la tecnología, los informes ni las estadísticas de pérdidas. La sostienen personas concretas en las trincheras. De cuánto tiempo puedan permanecer allí y seguir siendo capaces de combatir depende directamente el futuro del país. Y de esas personas hay una escasez catastrófica.
No soy experto en infraestructura crítica ni en el registro de aptitud militar. Pero cuando el número de hombres exentos del servicio ya supera el millón y, al mismo tiempo, uno ve en la retaguardia a grupos de trabajadores urbanos en edad de combatir que pasan días pintando un pequeño puente, es difícil no sentir que algo falla en la distribución justa de las cargas.
En este contexto, las conversaciones sobre negociaciones de paz suenan muy distintas para los soldados que para los civiles. Entre los militares con los que hablo, son pocos los que ven en ellas una verdadera perspectiva para Ucrania. Las noticias sobre un posible alto el fuego generan más bien una ilusión, algo distante de lo que ocurre en el campo de batalla.
Ojalá me equivoque. Quisiera volver lo antes posible con mi familia. Pero la realidad, por ahora, indica que esta lucha aún durará mucho tiempo.
Fuente: Deutsche Welle
