Por más de dos décadas, Sudáfrica ha tenido que lidiar con recurrentes brotes de violencia xenófoba, dirigidos especialmente contra inmigrantes y refugiados de países vecinos y otras partes del continente africano.
Los críticos sostienen que la retórica política en torno a la inmigración, combinada con una profunda frustración económica, ha alimentado este sentimiento de hostilidad. Una y otra vez, ciudadanos extranjeros han sido golpeados, desplazados, asesinados y sus negocios saqueados en distintos puntos del país.
DW analiza cómo ha evolucionado la xenofobia en Sudáfrica a lo largo de los años.
Tras el fin del apartheid en 1994, Sudáfrica se convirtió en un importante destino para inmigrantes en busca de trabajo y estabilidad. Muchos llegaron de países vecinos que sufrían dificultades económicas, conflictos políticos o represión.
Al mismo tiempo, Sudáfrica lidiaba con un creciente desempleo, desigualdad y servicios cada vez más deficientes, mientras que el gobierno se centraba principalmente en la reconstrucción del país.
Si bien las estructuras de poder político cambiaron, gran parte de la riqueza siguió en manos de una minoría blanca y dejó prácticamente intactas las profundas desigualdades económicas heredadas de décadas de segregación.
Un informe del Banco Mundial de 2021 reveló que el 10 por ciento más rico de los sudafricanos —en su mayoría blancos— acaparaba 85 por ciento de la riqueza del país.
En mayo de 2009, estalló la violencia xenófoba en el municipio de Alexandra, cerca de Johannesburgo. Según la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), al menos 62 personas fueron asesinadas, más de 670 heridas y unas 100.000 desplazadas durante los ataques. Muchas de las víctimas eran migrantes de Zimbabue, Mozambique, Malaui y Somalia.
El presidente sudafricano Thabo Mbeki condenó los ataques, al señalar que nadie “en nuestra sociedad tiene derecho a justificar la actividad criminal disfrazándola de xenofobia”.
Esta postura recibió duras críticas, y muchos calificaron de “negacionismo” la permanente presentación de los ataques como actos oportunistas, en lugar de asumir que se trataba del resultado de un profundo sentimiento antiinmigración.
Otra ola de violencia estalló en 2015, especialmente en las ciudades de Durban y Johannesburgo. Innumerables tiendas de propiedad extranjera fueron saqueadas e incendiadas. Según Human Rights Watch, al menos siete personas murieron y miles fueron desplazadas durante esta oleada de ataques.
Varios países africanos organizaron evacuaciones para los que deseaban abandonar Sudáfrica. Zimbabue envió autobuses, mientras que Malaui y Mozambique brindaron asistencia logística a sus ciudadanos afectados.
En septiembre de 2019, volvió la violencia xenófoba, esta vez en Johannesburgo y Pretoria. Según cifras de la policía, al menos 12 personas murieron y cientos de negocios fueron saqueados o destruidos. Nigeria evacuó a más de 500 de sus ciudadanos desde Sudáfrica.
El presidente sudafricano Cyril Ramaphosa condenó la violencia y dijo que no existe “justificación para que ningún sudafricano ataque a personas de otros países”. Sin embargo, los críticos volvieron a argumentar que el gobierno seguía presentando los disturbios como originados por la delincuencia en vez de denunciarlos como ataques xenófobos.
Un grupo antiinmigrantes llamado Operación Dudula surgió en Soweto en 2021. Sus integrantes organizaron marchas contra los indocumentados y acusaron a los extranjeros de quitarles el trabajo a los sudafricanos, además de sobrecargar los servicios públicos.
Zandile Dabula, el líder de Operación Dudula, dijo entonces a DW que “el aumento de la delincuencia, el narcotráfico y la trata de personas es grave” y vinculó estos fenómenos con los extranjeros. Aseguró que ellos solo querían combatir la inmigración irregular.
Posteriormente el grupo se registró como partido político y desde 2024 ha ido incrementando su caudal de votos.
Las tensiones en torno a la inmigración se han mantenido altas, particularmente en el contexto de la creciente crisis económica sudafricana. La tasa de desempleo oficial en el país llegó a casi 32 por ciento en el cuarto trimestre de 2025, mientras que el desempleo juvenil se mantenía por sobre 45 por ciento a comienzos de ese mismo año. No hay cifras más recientes.
Los nuevos brotes de violencia en 2026 han provocado protestas en Ghana y Nigeria, junto con una renovada crítica a la gestión de la xenofobia por parte de Sudáfrica. La ministra de Exteriores de Nigeria, Bianca Odumegwu-Ojukwu, enfatizó que “las vidas y los negocios de los nigerianos en Sudáfrica no deberían estar en riesgo”.
El portavoz presidencial sudafricano Vincent Magwenya rechazó las acusaciones de xenofobia generalizada y aseguró que los “sudafricanos no son xenófobos”. En su opinión, lo que se ve son “focos de protesta, lo cual está permitido dentro de nuestro marco constitucional”.
En todo el mundo, los migrantes son considerados chivos expiatorios de problemas estructurales más profundos, que van desde la desigualdad y la corrupción hasta el bajo crecimiento económico.
En Sudáfrica, esta estigmatización se ha centrado principalmente en los migrantes negros y africanos, que representan más de dos tercios de los aproximadamente 3 millones de residentes extranjeros del país.
Fuente: Deutsche Welle
