Israel y Líbano: ¿paz sin equilibrio de poder?

Israel y Líbano: ¿paz sin equilibrio de poder?

En Washington se iniciaron recientemente las históricas conversaciones entre Israel y Líbano, dos países que han estado técnicamente en guerra durante más de medio siglo. Pese al diálogo, los combates no cesan en el sur libanés, donde Hezbolá lleva días enfrentándose al Ejército de Israel.

Es cierto, representantes de ambos gobiernos buscan una salida al conflicto, pero sin contar con la milicia chiita, la fuerza militar más poderosa de Líbano y considerado grupo terrorista por diversos países de Occidente.

La politóloga Hanna Voß, de la oficina en Beirut de la fundación alemana Friedrich Ebert, ve como un problema importante el hecho de que Hezbolá no esté en la mesa de negociaciones. “Ellos son uno de los actores centrales de la guerra”, declara a DW la experta. Su ausencia limita las posibilidades de éxito y pone en entredicho la legitimidad de cualquier resultado, sostiene. Sin embargo, la milicia financiada por Irán se ha negado rotundamente hasta ahora a negociar con Israel.

Los expertos ven otro desequilibro estructural. “Las capacidades políticas y militares de ambos bandos son totalmente diferentes”, sostiene el experto en Medio Oriente Stefan Lukas, fundador de la consultora Middle East Minds. En su opinión, Israel posee “capacidad de escalar” los conflictos, y la está usando.

Israel es significativamente superior a Líbano no solo militarmente, sino también económicamente, y Beirut tiene pocos recursos para contrarrestar este desequilibrio. “¿Quién es exactamente Líbano?”, pregunta Lukas. El gobierno carece de una base sólida, mientras que Hezbolá, pese a las pérdidas que ha sufrido, sigue siendo un actor poderoso. Muchos expertos sostienen que su fuerza militar sigue superando a la del Ejército libanés.

“El Estado libanés carece prácticamente de tienen influencia”, dice Voß. El desarme exigido a Hezbolá es imposible de implementar, porque el Estado no puede contrarrestar el poderío militar de la milicia. Eso pone las actuales negociaciones en un dilema: Israel condiciona el progreso al cumplimiento de requisitos que Líbano difícilmente puede satisfacer sin desestabilizarse.

A todo lo anterior se suman los actores externos. “Washington está ejerciendo una enorme presión”, sostiene Lukas, aunque esa presión será limitada en la medida en que el gobierno de Donald Trump no consiga un acuerdo con Irán. Esto también debilita a Líbano, piensa Voß: “El país está atrapado entre varios bandos y no puede negociar”. Estados Unidos apoya a Israel, mientras que Irán y Hezbolá persiguen sus propios intereses y restringen aún más el escaso margen de maniobra del debilitado gobierno de Beirut.

Es probable que Teherán también vea el conflicto libanés como una ventaja estratégica. “Irán sabe cómo influir en las negociaciones con un mínimo esfuerzo”, afirma Lukas. Esto convierte a Líbano no solo en objeto de negociación, sino también en escenario de una lucha de poder regional de mayor envergadura.

Hezbolá tiene la doble faz de ser un adversario militar de Israel y, a la vez, actor político en Líbano, donde se lo considera un defensor de los intereses de la población chiita. “Están profundamente arraigados en la sociedad”, dice Voß. Esto le otorga una enorme influencia política y, a la vez, hace que sea un elemento difícil de controlar.

Según una investigación de Barómetro Árabe, el 28 por ciento de los libaneses dice que la prioridad debe ser acabar con la presencia israelí en el país, mientras que el 20 por ciento cita que lo principal es desarmar a los actores no estatales, o sea, a Hezbolá. El rechazo a Israel y el desapego con Hezbolá conviven, lo que refleja las divisiones internas del país.

Como sea, los habitantes del sur de Líbano cifran pocas esperanzas en las conversaciones en Washington. “No creo que el gobierno libanés pueda recuperar mis tierras”, dice Hanaa Zalghout a DW. Su casa fue destruida y su aldea ocupada por las tropas israelíes. “Incluso si hay un acuerdo, me temo que será a costa de mi pueblo”, señala.

También el granjero Ahmad Ismail se muestra desesperanzado. “Solo veré mi hogar en sueños”, lamenta. “Si quieren solucionar esto, será a expensas de nuestras vidas”. Muchos libaneses desplazados comparten su temor. La llamada “línea amarilla”, que delimita el territorio controlado por Israel en el sur del Líbano, es una frontera que marca lugares a los que seguramente los libaneses no podrán regresar ni siquiera en caso de alcanzarse un acuerdo.

Este temor no parece infundado. Israel argumenta que Hezbolá debe desaparecer permanentemente del sur libanés, para prevenir ataques de la milicia contra el norte israelí. Así, Israel podría verse tentado a lograr de facto lo que muchos creen que el Ejército libanés es incapaz de hacer: prevenir permanentemente los ataques desde Líbano. Voß piensa que si “Israel no tiene que retirarse, creará una ‘zona de amortiguación'”. Estas zonas crean, a largo plazo, situaciones sobre el terreno que son casi imposibles de revertir políticamente.

Las declaraciones de funcionarios israelíes parecen apoyar esto. El ministro de Finanzas, el ultraderechista Bezalel Smotrich, ha dicho en reiteradas ocasiones que debería haber una reorganización territorial. El primer ministro Benjamin Netanyahu, por su parte, tampoco ha descartado una presencia militar a largo plazo. Israel permanecerá allí “en el futuro previsible” o hasta que se alcance otro acuerdo de seguridad.

¿Significa esto que la anexión es inminente? No se puede descartar, dice Voß. “Israel utiliza el lenguaje de la seguridad para crear hechos territoriales”, explica. Para Líbano, esto significa que un eventual acuerdo o incluso un histórico tratado de paz en Washington, podría ser un arma de doble filo, porque tanto Israel como Hezbolá podrían usar la fuerza militar para asegurarse de que Beirut no pueda cumplir su parte y quede aplastada entre los bandos enfrentados.

Fuente: Deutsche Welle

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