La situación en el golfo Pérsico está estancada. Si bien los canales diplomáticos entre Estados Unidos e Irán permanecen formalmente abiertos, y Donald Trump anunció una extensión del alto el fuego a mediados de semana, las conversaciones avanzan con lentitud.
Además del tema más importante para el presidente estadounidense, el programa nuclear iraní, hay otro punto delicado: el futuro uso del estrecho de Ormuz. Según las propias declaraciones del régimen de Teherán, este ya recibió tasas por el paso a través del estrecho bloqueado.
Según los expertos, de lo que se trata es más de una lucha estratégica por el tiempo, la influencia y la resistencia. “En este momento, ambas partes están inmersas en una especie de juego táctico de paciencia”, declaró a DW Hanna Voß, experta en Medio Oriente de la Fundación Friedrich Ebert, cercana al partido socialdemócrata alemán. “En Teherán, existe una gran preocupación de que se trate de una finta, es decir, negociaciones combinadas con preparativos militares simultáneos”, afirma.
Según la politóloga Pauline Raabe, del centro de estudios Middle East Minds, con sede en Berlín: “Para Irán, hay mucho más en juego, ya que afecta a su propio territorio”.En lo que respecta al estrecho de Ormuz, “Irán se encuentra indudablemente en una posición sólida. Actualmente es una de sus bazas más importantes”, asegura.
Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), esta posición no solo es significativa desde el punto de vista militar, sino, sobre todo, económico. Irán aprovecha su posición geográfica para ejercer presión sobre las economías de todo el mundo mediante el control del estrecho de Ormuz. La cuestión energética se convierte así en la principal herramienta de influencia.
“No se requiere mucho esfuerzo para bloquear eficazmente este corredor”, afirma Voß. Las amenazas bastan para desencadenar enormes repercusiones económicas. Las navieras se retiran, las aseguradoras cancelan sus pólizas y los drones y las minas crean un riesgo constante. “En otras palabras, tácticamente, Irán tiene actualmente la herramienta, y es precisamente aquí donde surge una ventaja estratégica”.
Raabe añade la dimensión militar: “Parece que se subestimó la capacidad continua de Irán para lanzar misiles con regularidad”. Esto contradice la suposición de que el país ya se ha debilitado mucho. Irán ha expandido sistemáticamente sus capacidades en los últimos años.
Al mismo tiempo, resulta evidente que el conflicto trasciende el ámbito militar. El Instituto Washington describe a Irán como un actor que se desempeña no solo a nivel estatal, sino también ideológico. “El liderazgo iraní está dispuesto a exigir mucho a su propia población”, afirma Voß. “El nivel de sufrimiento allí ha sido significativamente mayor que en las sociedades occidentales durante décadas”, apunta.
Raabe también señala la dinámica social: “Cuando la gente experimenta que su país es atacado desde el exterior, se puede generar una mayor cohesion”. Sin embargo, esto no implica automáticamente apoyo al régimen, sino más bien una reacción ante la presión externa.
Mientras Irán se apoya en su resiliencia, la presión política interna en Estados Unidos aumenta. “A medida que el conflicto se prolonga, las repercusiones económicas se hacen cada vez más evidentes”, señala Raabe. El aumento de los precios de la energía y la incertidumbre del mercado están teniendo un impacto directo en la opinión pública.
La dinámica diplomática también está cambiando. El periódico panárabe Al-Quds al-Arabi observa una creciente presión sobre Washington para que contenga el conflicto políticamente. Al mismo tiempo, Teherán actúa con mayor firmeza y exige concesiones concretas.
El éxito de esta estrategia también está vinculado a la guerra asimétrica de Irán. Según el CSIS, incluso en caso de reveses militares, Teherán aún puede ejercer una influencia considerable mediante ciberataques, sabotajes y presión económica.
El Instituto Washington plantea varios posibles resultados. Un escenario sería una “derrota encubierta” para Estados Unidos: un alto al fuego en el que Irán conservaría sus principales palancas de poder. Otro, una “derrota abierta” en la que Teherán simplemente resistiría hasta que la presión sobre Estados Unidos se vuelva insostenible.
En última instancia, el conflicto se reduce a una pregunta: ¿quién resistirá más tiempo, económica, política y socialmente?
Fuente: Deutsche Welle

