Andres Merejo, Filósofo, escritor y especialista en Ciencia, Tecnología y Sociedad(CTS), con un doctorado en Filosofía en un mundo global por la Universidad del País Vasco

Para entender el chateo no solo se ha de comprender la combinación de lo visual, lo escrito y lo digital.

El chat consiste en espacios comunes que existen en el ciberespacio, donde los sujetos conversan dando rienda suelta a diversas ideas, ocurrencias triviales o apreciaciones sobre determinado acontecer de la vida cotidiana, las cuales quedan estacionadas en mensajes de voz o de texto.  Estas conversaciones cibernéticas muchas veces implican intercambios de información, de archivos, de tareas educativas, de negocios, entre otros.

Estos espacios virtuales brotan de las redes sociales y sus aplicaciones. Por lo que las redes tienen un lado oscuro, que como bien apunta Fran Báez (2014) produce distracción cuando se conduce un vehículo camino a la universidad o a la escuela. En el cibermundo se “han probado legislaciones que prohíben el uso de teléfonos inteligentes en las escuelas y universidades” o el “textear mientras se conduce un vehículo debido a la enorme cantidad de accidentes que esta irresponsabilidad ha causado” (p.45).

Este lado oscuro implica no caer en una satanización a la hora de estudiar el chateo entre los jóvenes, ya que se trata de un código virtual e interactivo entre ellos, que viven unos tiempos cibernéticos generacionales (nativos digitales), apoyados en el fonetismo de la lengua; por lo que el código escrito  no se puede analizar, evaluar en las competencias lectora y escritora, en el chateo de esos jóvenes como bien señala Manuel Matos Moquete en el libro Narratividad del saber humanístico (2018).

El pretender estudiar la formación, la cultura de la lengua, el uso correcto o no de la ortografía, de la gramática en el chateo, no es oportuno o adecuado, de acuerdo  con este intelectual e investigador de lo translingüístico y del análisis del discurso: “Aquí no es pertinente hablar de comunicación oral y escrita, de normas correctas e incorrectas en la ortografía, la sintaxis y en el léxico; de lo culto versus lo popular; de tipos de textos literarios  y no literarios ; de prosas, versos (…).Estas normas no son aplicadas al chateo”(ibid., 86-87).

En ese trabajo, Matos Moquete llega a una interesante conclusión sobre el chateo, en el marco de una investigación que realizó sobre esta práctica, en el sentido que “es una nueva modalidad de comunicación, distinta al uso convencional de la lengua. Es un tipo de habla particular de alcance internacional que, como todos los usos codificados, requiere de una gramática y un diccionario, así como de usuarios y situaciones de uso” (p.92).

La reflexión de Matos Moquete entra con otra crítica que han de plantearse los discursos que estudian los efectos que produce el cibermundo en la cultura- lengua- sociedad al margen de la comprensión de este sistema cibernético como un todo dinámico e interactivo y redes de control virtual, del que no es fácil buscar fuga de escape, como diría Deleuze, ya que este se encuentra estructurado en el consumo de información, conocimiento explícito y de estrategias de cibermarketing.

En el 2006, Matos Moquete, ya había reflexionado sobre el tema en un artículo titulado El chateo: ¿mal uso del lenguaje o nuevo código?, donde explica que el chateo no puede analizarse en solitario, sino que debe ser estudiado dentro de un grupo específico, teniendo en cuenta su particularidad.

Por tal motivo, no se puede tachar de incorrecto ese uso de la lengua, como bien él señala, porque para entender el chateo no solo se ha de comprender la combinación de lo visual, lo escrito y lo digital que este produce, sino que además hay que situar al sujeto del chateo y su expresión en el chat y con el uso de la lengua en contextos convencionales como la escuela, la familia y las relaciones más formales. Así, un joven que comete todo tipo de errores ortográficos al chatear no se puede categorizar como deficiente en cuanto al manejo del lenguaje, sin antes revisar cómo redacta en sus cuadernos del colegio o la universidad, o si puede desenvolverse correctamente de forma oral.

Esta valoración se debe tomar en cuenta, porque como bien puntualiza Matos Moquete, no se puede abordar esta modalidad de la lengua como incapacidad discursiva del sujeto y condenarlo por esa modalidad de expresión.

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