Inmediatamente después de la Conferencia de Seguridad de Múnich, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, viajó a Eslovaquia y luego a Hungría. No es casualidad, ya que en ambos países gobiernan primeros ministros del agrado de Donald Trump: euroescépticos, contrarios a la inmigración y poco preocupados por el cambio climático.
La Administración Trump también apoya a otros gobiernos y partidos de derecha en Europa, pero algunos se han distanciado desde que Trump amenazó con tomar por la fuerza, si fuera necesario, la isla de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca.
Viktor Orbán ocupa el cargo de primer ministro húngaro desde 2015, es decir, desde el primer mandato de Donald Trump (2017-2021). Orbán ha calificado a Trump de “hermano espiritual” a nivel ideológico. Esto se aplica prácticamente a todos los ámbitos de su política. Mientras que el expresidente estadounidense Joe Biden acusó a Orbán de “buscar instaurar una dictadura”, Trump lo elogió recientemente como “verdadero amigo, luchador y vencedor”.
Orbán también apoya la postura de Trump de reducir significativamente o incluso suspender la ayuda militar a Ucrania. El líder húngaro es un outsider en la UE, pero con el tema de Groenlandia se ha mostrado cauteloso. Lo que hizo fue evitar condenar directamente a Trump y decir que el problema debía resolverse dentro de la OTAN.
Rubio visitó al eslovaco Robert Fico inmediatamente después de la Conferencia de Seguridad de Múnich. Junto con Orbán, Fico es considerado uno de los aliados más cercanos de Trump en la UE.
El líder eslovaco sigue una línea muy dura contra la inmigración, detuvo el suministro de armas a Ucrania y calificó a los ucranianos invadidos por Rusia de “nazis y fascistas”.
Pero la política de Fico hacia Estados Unidos es contradictoria. Durante su primer mandato, entre 2006 y 2010, buscó acercarse a países como Rusia, China, Venezuela y Cuba, ninguno de ellos grandes amigos de Washington. Y, a finales de enero de 2026, un artículo de la revista Politico citaba a diplomáticos europeos anónimos que aseguraban que Fico habría dicho al margen de una cumbre de la UE que Trump “ha perdido la cabeza”. Fico rechaza haber pronunciado esas palabras, calificando lo publicado como “noticia falsa”.
Hace un año, el vicepresidente estadounidense, JD Vance, reprendió a los europeos en la Conferencia de Seguridad de Múnich de 2025. Acto seguido, se reunió con la copresidenta del partido de ultraderecha AfD, Alice Weidel, lo que supuso una provocación para las formaciones alemanas del espectro centrista.
La lucha contra la inmigración, el rechazo a la protección del clima, el énfasis en la nación. Eso es lo que Weidel tiene en común con Trump, pero las cosas se complicaron cuando Trump se encaprichó de Groenlandia. Desde entonces, el partido se ha distanciado un poco del mandatario estadounidense.
Giorgia Meloni no solo es la líder del partido Fratelli d’Italia (Hermanos de Italia), a menudo calificado de posfascista, sino también la primera mujer al frente de un Gobierno italiano.
Ideológicamente, se asemeja a Donald Trump y buscó su cercanía desde el principio. Como jefa de Gobierno de la tercera economía más fuerte de la UE, se ha convertido en mediadora de conflictos entre la UE y Estados Unidos.
En la disputa arancelaria del año pasado, ella ejerció su influencia, y aunque su papel es muy limitado, ambas partes la toman en serio. Calificó la exigencia de Trump sobre Groenlandia como un “error”, y dijo: “Hay muchas cosas en las que no estoy de acuerdo con Trump. Cuando es así, se lo digo”. También mantiene una posición independiente en lo que respecta a Ucrania, ya que siempre ha defendido el apoyo al asediado país.
Desde hace algún tiempo, todas las encuestas en Gran Bretaña predicen una victoria electoral del partido populista de derecha Reform UK. Su líder, Nigel Farage, podría convertirse en primer ministro.
Farage, el fantasma del establishment británico, participó de manera decisiva en la campaña del Brexit, lo que fue muy del agrado de Donald Trump. Ambos son aliados cercanos desde hace mucho tiempo, pero Farage ha calificado las ambiciones de Trump sobre Groenlandia de “agresivas”.
Los políticos del partido Ley y Justicia (PiS) pensaban que eran los alumnos aplicados de Donald Trump en Europa. Bajo sus gobiernos nacional-conservadores (2005-2007 y 2015-2023), sus políticas se centraron principalmente en la ley y el orden, la lucha contra la migración, junto con una buena dosis de euroescepticismo y una estrecha relación con Estados Unidos.
Aunque ahora gobierna en Varsovia el liberal y proeuropeo Donald Tusk, el presidente del país es el conservador Karol Nawrocki, que probablemente esté muy decepcionado de Trump, aunque hasta ahora no lo haya dicho abiertamente.
Esto se debe a que Trump está sembrando dudas sobre si Estados Unidos defendería a países de la OTAN, como Polonia, en caso de un ataque ruso. Además, la actitud favorable hacia Rusia por parte de Trump no es bien recibida.
Francia es Francia. No necesita ofrecerse como aliada de nadie. Esa es la impresión que transmite el presidente Emmanuel Macron. Y eso también parece aplicarse a Marine Le Pen, del partido de derecha Rassemblement National (Agrupación Nacional), que quiere suceder a Macron.
Le Pen calificó la primera victoria electoral de Trump, en 2016, como “una buena noticia para Francia”, y elogió su enfoque en cuestiones de soberanía nacional, lucha contra la globalización y política migratoria restrictiva. Cuando Trump ganó por segunda vez, se mantuvo reservada y calificó de “cruel” su suspensión de la ayuda militar a Ucrania.
Es dudoso que Le Pen pueda presentarse a las próximas elecciones, pero el candidato alternativo, Jordan Bardella, se parece a Trump, y aunque también aplaudió inicialmente a Trump, ha calificado sus amenazas con respecto a los aranceles y Groenlandia de “inaceptables” y su reelección de “mala noticia para los intereses de Francia”.
Fuente: Deutsche Welle
