A principios de febrero de 2026, el Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS) publicó los resultados de una encuesta realizada a finales de enero.
Era un momento en el que, tras los masivos ataques rusos a instalaciones energéticas, algunas partes del país, especialmente la capital, Kiev, se enfrentaban a graves cortes de electricidad, calefacción y agua, con temperaturas de hasta -25 grados Celsius.
Según el 88 por ciento de los encuestados, Rusia quería obligar a Ucrania a capitular atacando su sistema energético. El 65 por ciento de los participantes en el sondeo afirmó estar dispuesto a soportar la guerra el tiempo que fuera necesario. En septiembre y diciembre de 2025, la cifra había sido del 62 por ciento.
“Este enero no me ha vuelto más decidida ni más enfadada, porque he estado decidida y enfadada al máximo desde 2022. Es simplemente una etapa más en una lucha extremadamente difícil que ganaremos de una forma u otra”, dice a DW Julia, de Kiev. Su esposo, con quien tiene una hija, lucha en la guerra desde 2024. “Lo que más me ayuda a mantenerme firme es la ira, pero también saber que no hay otra opción. Cualquier otra cosa sería mucho peor”, comenta la mujer.
Anton Hrushetskyi, director general de KIIS, explica a DW que uno de los factores más importantes para la resiliencia de las personas es comprender que la guerra de Rusia contra Ucrania es existencial. Según él, para los ucranianos no se trata solo de justicia, sino de pura supervivencia.
“La resiliencia de los ucranianos se mantiene alta. Por un lado, están exhaustos y abiertos incluso a concesiones difíciles. Por otro lado, a pesar de todo, no están dispuestos a cruzar ninguna línea roja”, afirma Hrushetskyi. Ni siquiera los intentos de Rusia de crear condiciones de vida insoportables en Ucrania durante el invierno han cambiado esta situación.
El sociólogo añade que los ucranianos hablan ahora de un “Cholodomor”. La palabra deriva del término “Holodomor”, que en ucraniano significa “asesinato por inanición”. Este es el nombre que se le dio a la hambruna sistemáticamente provocada por el régimen estalinista en Ucrania entre 1932 y 1933. Por analogía, la palabra “Cholodomor” en ucraniano significa “asesinato por frío”.
La psicóloga Kateryna Kudrzhynska también señala que los ucranianos están agotados por el estrés crónico. “Tiene un impacto negativo en el cuerpo, el sistema nervioso y la psique”, afirma. En su opinión, la resiliencia de los ucranianos también está determinada por un efecto psicológico: tras tantas pérdidas, no quieren renunciar a lo que les queda.
“Queremos seguir adelante, porque si nos rendimos, será mucho peor bajo el liderazgo ruso”, cuenta a DW Natalia, una estudiante que acudió a la Plaza de la Independencia de Kiev para colocar una pequeña bandera en honor a su padre en un monumento improvisado para los soldados caídos. Recientemente, su progenitor perdió la vida en la región de Donetsk. La joven admite que a veces le resulta difícil sobrellevar la situación: la pérdida de su padre, las condiciones de vida extremas y el conocimiento de la terrible situación del país.
“Mi fuerza reside en que vivo por mi padre, que quería vivir y construir un futuro con su familia. No puedo rendirme por él. Ucrania tiene futuro, estoy convencida de ello”, afirma Natalia, quien huyó al extranjero al comienzo de la guerra y luego regresó. “Ucrania es mi hogar, no quiero irme. Quiero reconstruir mi país”, explica.
Olha, de Kiev, también quiere quedarse. “No puedo irme sin más. Sería traicionar a mi marido, que está luchando en la guerra”, dice a DW. Su esposo se ofreció como voluntario al comienzo de la invasión rusa y actualmente está desplegado en la región de Pokrovsk. Rara vez vuelve a casa, explica Olha, quien cría sola a un hijo de dos años y también trabaja.
Afirma que muchos ucranianos esperan el fin de la guerra. Ven indicios de problemas económicos en Rusia y se llenan de esperanza porque Rusia no ha conseguido ninguna victoria militar significativa en cuatro años. Esto, cree, es precisamente lo que alimenta su creencia de que todo saldrá bien.
Serhiy (nombre cambiado) se unió a las fuerzas armadas ucranianas como parte del personal sanitario hace cuatro años. Cree que la motivación y la fuerza interior se resienten por varias razones: no hay horarios fijos de despliegue, apenas hay oportunidades de desmovilización y el apoyo financiero es insuficiente para los soldados que no están en el frente.
Kyrylo (nombre cambiado) es oficial de señales de las fuerzas terrestres y cuenta que sus compañeros ya se han resignado a la falta de descanso. “Uno se acostumbra tanto aquí, que ni siquiera recuerda cómo era antes. Si al principio tenías planes para el futuro, ya no los tienes. No es pesimismo, por favor, no me malinterpreten. Es más bien: ‘Lo que venga, viene’. Es una especie de resignación, no desesperación”, dice el soldado.
Lamenta que la moral en el Ejército se esté viendo mermada por los escándalos de corrupción en el Gobierno y los casos de malversación de fondos destinados a la industria de defensa. En momentos como estos, declara Kyrylo a DW, la sensación de haber sido engañado es particularmente fuerte.
“Para mí, personalmente, cuando la motivación flaquea, solo me queda la disciplina y la certeza de que Ucrania, esta nación, esta identidad, podría dejar de existir en el futuro si no perseveramos y luchamos””, explica “Mos”, soldado de un regimiento de drones ucraniano. Él también ha luchado contra el agotamiento y la apatía. Pero la conciencia de que no hay alternativa lo ha ayudado.
Según el sociólogo Anton Hrushetskyi, la resiliencia de los ucranianos al final del cuarto año de guerra también está determinada por la certeza de que sus socios europeos siguen apoyando a Ucrania y de que Kiev cuenta con el respaldo del mundo progresista.
“El sufrimiento actual se considera una inversión de futuro”, afirma, y señala: “Nuestros últimos datos muestran que más del 60 por ciento se mantiene optimista y cree que, en diez años, Ucrania será un miembro próspero de la Unión Europea”.
Fuente: Deutsche Welle
