El campamento de desplazados de Tshehaye, en la región etíope de Tigray, alguna vez fue una escuela. Donde antes había aulas ahora se erigen viviendas, dentro de cuyas paredes agrietadas duermen numerosas familias completas. Afuera, hileras de tiendas de campaña se multiplican en el polvoriento patio.
En uno de esos precarios refugios, una madre de tres niños está sentada. Pide que no se publique su nombre. Cuenta que la primera vez que tuvo que huir de su hogar fue cuando estalló la guerra, en 2020. Tras el Acuerdo de Pretoria que puso fin formalmente a dos años de combate entre las fuerzas tigrayanas y las tropas del Ejército de Etiopía, intentó regresar a su aldea.
Sin embargo, sus tierras ya habían sido ocupadas y vivir allí era imposible. Hace ocho meses, huyó de nuevo. “Si fuera posible, me gustaría vivir en paz, volver a mi casa y cultivar mi tierra como antes. Es muy difícil vivir aquí con mis hijos”, dice.
Su dolor es compartido por miles de personas en Tshehaye. En todo Tigray, una región del norte de Etiopía que limita con Eritrea y Sudán, alrededor de 800.000 personas siguen desplazadas. Su problema se ha convertido en una de las principales fuentes de tensión entre la región y el gobierno federal de Adís Abeba.
Es duro vivir en el campamento. Escasea el agua, la distribución de alimentos es irregular y los medicamentos son limitados. Las condiciones han empeorado desde los recortes de ayuda del año pasado. Las familias dependen de pequeñas raciones y de redes informales de solidaridad para sobrevivir.
“Se construyen refugios cada mes, con cada nueva llegada de desplazados”, dice Hagos Gebremichael, el coordinador del campamento. Las familias vienen desde Sudán, donde muchos buscaron refugio durante la guerra, y desde el oeste de Tigray.
A fines de enero, nuevamente estallaron enfrentamientos en Tselemt, en el oeste de Tigray, entre las Fuerzas Armadas de Etiopía y las Fuerzas de Defensa de Tigray (TDF). También se informó de combates cerca de la frontera sur con Afar, donde grupos armados han chocado en medio de largas disputas territoriales.
Expertos han advertido que estos enfrentamientos localizados corren el riesgo de expandirse si las tensiones políticas no dejan de aumentar.
A mediados de febrero, el presidente de la Comisión de la Unión Africana, Mahmoud Ali Youssouf, pidió “acciones inmediatas para evitar una guerra inminente”. Casi en paralelo, el ministro de Exteriores de Etiopía instaba públicamente a Eritrea a retirar sus tropas de las zonas en disputa, amenazando con tomar medidas.
Durante la guerra de 2020-2022, las fuerzas eritreas lucharon codo a codo con las etíopes contra el Frente de Liberación Popular del Tigray (TPLF). Hoy las relaciones entre Adís Abeba y Asmara se han deteriorado. Las cambiantes alianzas regionales explican este giro.
Si Etiopía y Eritrea se enfrentan, esto va a tener lugar en suelo tigrayano. Cuando los vuelos a Tigray se suspendieron durante cinco días a finales de enero, tras operaciones militares de las fuerzas etíopes que incluyeron ataques con drones, muchos residentes se apresuraron a abandonar Tigray.
“La gente está conmocionada”, dice el gerente de una empresa de autobuses. “Muchos intentaban salir de Tigray, temiendo quedar atrapados otra vez como en el asedio anterior”. Los buses que se dirigían a Adís Abeba se llenaban rápidamente.
En Mekele, la capital regional tigrayana, la ansiedad adopta una forma más silenciosa, pero igualmente generalizada. Afuera de los bancos se forman largas filas. Los retiros de los cajeros automáticos están limitados a pequeñas cantidades. Los conductores deben comprar combustible en el mercado negro. Algunos productos han desaparecido de las tiendas, mientras que otros se vuelven prohibitivamente caros debido a una inflación que no cesa. El sistema de agua de la ciudad funciona a ratos.
La guerra de 2020-2022, que mató a unas 600.000 personas y estuvo marcada por graves violaciones a los derechos humanos, terminó gracias al Acuerdo de Pretoria. Sin embargo, algunas disposiciones clave de ese acuerdo siguen sin aplicarse.
La integridad territorial del Tigray no ha sido restaurada. El oeste y partes del sur de la región siguen bajo control amhara, mientras que las tropas eritreas mantienen posiciones en el norte. Los procesos de desarme y reintegración están incompletos.
Las elecciones nacionales están previstas para el 1 de junio, pero el TPLF sigue excluido del sistema. Hace apenas unos días, la Cámara de la Federación de Etiopía retiró del proceso electoral a cinco distritos bajo supervisión administrativa de Tigray. Según las autoridades locales, esta medida agrava las tensiones.
Cerca del Monumento y Museo de los Mártires de Mekele, el jardinero municipal poda arbustos y riega flores. “Estamos esperando a ver si habrá otra guerra”, dice. “Nací aquí y quiero construir mi vida aquí, pero temo que va a pasar algo malo”.
Fuente: Deutsche Welle

