Hape Kerkeling habla de su abuelo, de Hermann Kerkeling. “No fue un hombre de muchas palabras, sino de hechos. Un carpintero de Recklinghausen que sabía ponerse manos a la obra”.
Hape Kerkeling. Casi todo el mundo en Alemaniaconoce este nombre. Este hombre de 61 años es cómico, escritor, presentador de televisión y actor. Actualmente se están proyectando en los cines alemanes dos películas con él como protagonista. Su libro “Bueno, me largo”, publicado en 2006 y que narra su viaje por el Camino de Santiago hasta Santiago de Compostela, se ha traducido, entre otros idiomas, al inglés, español, polaco y japonés.
Pero en este frío domingo de abril, Kerkeling no está en ninguno de sus papeles. Se encuentra en el patio de formación del antiguo campo de concentración de Buchenwald, en el Ettersberg, cerca de Weimar, en el corazón de Turingia. Está allí y habla “no como figura pública, sino como nieto de un superviviente”.
El abuelo Hermann, carpintero, católico y comunista, sobrevivió a su paso por este campo, en el que hasta abril de 1945 unos 56.000 prisioneros fueron asesinados o murieron, ya fuera por tortura, asesinato, agotamiento o desesperación. El abuelo, según cuenta el nieto, “repartió panfletos contra Hitlerjusto después de lo que los nazisllamaban la ‘toma del poder’ en 1933”. Eso le costó doce años de su vida.
Buchenwald fue, durante la época nazi, un infierno, uno de los infiernos de aquellos años. Entre 1937 y 1945, los nazis encerraron allí a opositores, comunistas, homosexuales, prisioneros extranjeros, judíos, romaníes y sinti, testigos de Jehová y representantes eclesiásticos indeseables. En el sistema de Buchenwald, que incluía el campo de concentración de Ettersberg y más de 50 pequeños campos satélites, sufrieron más de 250.000 prisioneros.
Cuando el 11 de abril de 1945 los primeros tanques estadounidenses se acercaron al campo, los prisioneros, bien organizados en la resistencia, se levantaron y capturaron a decenas de soldados de las tropas de las SS que huían. Por eso, en la conmemoración también se habla de “liberación y autoliberación”.
Al 81.º aniversario de la liberación acudieron dos antiguos reclusos: Alojzy Maciak (98), de Polonia, y Andrej Moiseenko (99), de Bielorrusia. Dos señores de avanzada edad, que aún llevaban la gorra de su época como prisioneros. Varios otros supervivientes no pudieron viajar desde Israel debido a la suspensión de los vuelos.
En el 70.º aniversario de la liberación, en 2015, participaron unos 80 supervivientes. En 2025, en el 80.º aniversario, fueron 15. Ahora, dos. Probablemente por primera vez en la historia, ninguno de ellos habló.
La ceremonia conmemorativa en Buchenwald se vio ensombrecida este año por varios motivos. El director del memorial, Jens-Christian Wagner, lo describe con palabras amargas en su discurso de bienvenida: “Cuantos menos supervivientes del terror nazi puedan defenderse, más se abusará de los memoriales y de la cultura del recuerdo como escenario de disputas políticas con objetivos particulares e intentos de autopromoción”.
Según Wagner, la extrema derecha atacó la cultura del recuerdo y la difamó tildándola de “culto a la culpa”. “A pesar de ello, o quizá precisamente por eso”, dice, “hasta un 40 por ciento de la población de Turingia les vota”. En ningún otro estado federado de Alemania es tan fuerte el partido”Alternativa para Alemania”, en parte de extrema derecha, como en esta región.
Pero Wagner también lamenta hasta qué punto los conflictos en Oriente Próximo ensombrecen la conmemoración. “Grupos autoritarios de izquierda y, en parte, también antisemitas” habrían querido “apropiarse de este día para fines políticos”. Así, una “Iniciativa Kufiyas” había querido celebrar este domingo en Buchenwald una vigilia por las víctimas de Gaza. Días antes, un tribunal prohibió esta acción.
Pero el temor a las protestas marca el día. Por la mañana, hay más de 15 furgones policiales aparcados alrededor de la estación de Weimar. En grupos, las fuerzas de seguridad vigilan desde la explanada de la estación a posibles contramanifestantes y también controlan quién sube a los autobuses de línea que se dirigen al memorial. Incluso llega a ocurrir que un coche policial detiene a uno de los autobuses llenos porque algo ha despertado sospechas.
Wagner, el director del memorial, hace un llamado a “todos los presentes” para que “por favor, no perturben nuestro acto conmemorativo”. Hay unos cientos, quizá mil personas alrededor del atril y la carpa con los invitados oficiales.
Pronto comienza un minuto de silencio. Luego, el tradicional recuerdo del juramento de Buchenwald, el juramento de los supervivientes de destruir “el fascismo con sus raíces” y construir un “nuevo mundo de paz y libertad”.
Pronto hay 50 coronas conmemorativas alineadas en este lugar histórico, tanto del ministro de Cultura como de las asociaciones de víctimas. La conmemoración oficial ha terminado. Algunas personas o pequeños grupos siguen recorriendo el recinto, depositando rosas aquí y allá, deteniéndose para recordar a grupos concretos de víctimas. Y también en este domingo brumoso la vista se pierde en la lejanía. Hace frío en el Ettersberg.
“15:15 horas” marca el viejo reloj en la torre sobre la entrada del campo. Las agujas siempre están detenidas en la hora en que el 11 de abril de 1945 el campo de concentración fue liberado. Y, sin embargo, de algún modo el infierno nunca acaba.
Fuente: Deutsche Welle

