Wuer Kaixi ha ganado peso en los últimos 37 años y su cabello canoso ya no le cae sobre los ojos con el estilo que lucía cuando era estudiante en la Universidad Normal de Pekín en 1989, pero algunas cosas no han cambiado. Por ejemplo, sigue figurando en la lista de estudiantes disidentes que el Gobierno chino identificó como los cabecillas de las protestas de la plaza de Tiananmén en aquellos días en los que la democracia parecía una posibilidad para China.
Ahora, con 58 años y residente en Taipéi, Kaixi sigue siendo igual de franco con respecto al Gobierno chino, que ha dejado claro que nunca le concederá la amnistía y que nunca podrá volver a casa.
En declaraciones realizadas en Tokio, un día antes del aniversario de la brutal represión de las manifestaciones de Tiananmén, Kaixi afirmó: "Lo que he intentado decirle al mundo es simplemente que China es una amenaza no solo para los disidentes pacíficos, sino también una amenaza directa para toda la humanidad".
Durante demasiado tiempo, los países han mirado para otro lado mientras Pekín oprimía a la disidencia interna, incluidas minorías étnicas como los tibetanos y los uigures, y han esperado poder animar a China a convertirse en un miembro responsable de la sociedad internacional mediante el diálogo. Otros gobiernos anteponen las oportunidades comerciales y económicas a los derechos humanos, afirmó, pero las naciones parecen haberse dado cuenta de su error.
"A China se le permitió adherirse a la Organización Mundial de Comercio porque se esperaba que ello condujera a una sociedad civil que con el tiempo diera lugar a la democracia". Eso aún no ha sucedido, dice, pero al menos el presidente Donald Trump está abordando la situación desde una perspectiva diferente, la de un hombre de negocios dispuesto a ejercer presión.
"Japón, Estados Unidos y todos los demás países parecen haber malinterpretado a China”, declaró a DW. "Creen que China está guiada por la ideología, por el nacionalismo o el comunismo, pero eso es erróneo. El Partido Comunista Chino es un grupo criminal impulsado por el lucro".
Y mientras los líderes chinos "hablan de rejuvenecimiento" y de cómo tomar el control de Taiwán beneficiará a la nación -y se incita a un público alimentado con propaganda a apoyar los objetivos del partido-, la realidad es muy diferente, señaló Kaixi. "No les importa rejuvenecer China; lo único que les importa es añadir otro cero a sus saldos bancarios”, dice. "No son más que simples ladrones".
Miembro de la minoría uigur del extremo occidental de China, Wuer Kaixi cursaba su primer año de estudios de administración educativa en una de las mejores universidades del país cuando estallaron los disturbios de Tiananmén en 1989.
En un principio, los estudiantes querían conmemorar el fallecimiento el 15 de abril de Hu Yaobang, el antiguo secretario general del partido que había estado a favor de la liberalización política y las reformas económicas. Las protestas crecieron, aparecieron por toda la ciudad carteles que ridiculizaban a los líderes del Partido Comunista y las multitudes comenzaron a congregarse en la plaza de Tiananmén.
Desorganizados y sin un objetivo claro, buscaban un líder, y fue entonces cuando Wuer Kaixi dio un paso al frente. A medida que las protestas se intensificaban durante abril y mayo, los estudiantes percibieron que el Gobierno no sabía muy bien cómo responder y que sus demandas podrían ser atendidas. Varios de ellos, incluido Wuer Kaixi, iniciaron una huelga de hambre.
Sorprendentemente, el primer ministro Li Peng accedió a hablar en persona con los estudiantes, pero durante los saludos iniciales que se retransmitían en directo por la televisión nacional Wuer Kaixi interrumpió a Li Peng y dijo que ambas partes debían abordar los problemas clave que azotaban a China. Esa intervención le valió a Wuer Kaixi una fama instantánea entre quienes defendían la reforma, pero también la enemistad del régimen.
La represión, que se produjo en la noche del 3 al 4 de junio de 1989, fue repentina: miles de soldados irrumpieron en la plaza de Tiananmén con tanques y vehículos blindados de transporte de tropas y dispararon municiones reales. El número de víctimas mortales fue de 241, según el Gobierno chino, aunque las estimaciones de organizaciones de derechos humanos y diplomáticos extranjeros han situado desde entonces esa cifra en hasta 2.600 muertos.
Tras aparecer en la lista de "los más buscados” del Gobierno, Wuer Kaixi se vio obligado a huir a Hong Kong y posteriormente a París. Completó sus estudios en la capital francesa y en la Universidad de Harvard antes de trasladarse a Taipéi en 1996 y obtener la ciudadanía taiwanesa tres años más tarde. En la actualidad, es presidente de la Asociación Taiwanesa para la Democracia en China y forma parte de comités de derechos humanos.
Hoy en día, China es un "matón” al que el resto del mundo debe plantar cara, afirmó, a la vez que destacó que no resistirse a las políticas del régimen de presión política sobre otros gobiernos y de apropiación de territorios de vecinos más débiles no hará más que envalentonar a Pekín para que se apropie de más.
Sus críticas al régimen le han pasado factura, admitió Wuer Kaixi. "Estar en el exilio es una tortura mental y espiritual, y llevo 37 años viviendo así. Y por mucho que intentara prepararme, seguía sin estar listo cuando recibí la llamada el año pasado en la que me comunicaron que mi padre había fallecido".
A los padres de Wuer Kaixi se les negó el permiso para viajar al extranjero y lo mejor que habían podido hacer durante casi cuatro décadas eran llamadas telefónicas y videoconferencias.
"Todos los días deseo poder volver a esa tierra y abrazar a mis padres", dijo. "Ahora, nunca más podré abrazar a mi padre, pero espero que algún día pueda abrazar a mi madre".
Fuente: Deutsche Welle

