A primera vista, el pueblo tiene una apariencia totalmente normal. Pero, al observarlo de cerca, muchas de las casas que flanquean la avenida principal parecen estar abandonadas. Hay muy poca gente por las calles y apenas se ven hombres en edad de trabajar.
Estamos en Velyka Dobron, localidad situada en el extremo occidental de Ucrania, a diez kilómetros de la frontera con Hungría. Aquí, el 90 por ciento de la población es de etnia húngara. El nombre húngaro del pueblo es Nagydobrony.
Sandor Rati, de 63 años, que tiene un taller de carpintería donde trabaja solo, confiesa a DW: “El ambiente aquí es bastante triste”. Numerosos habitantes llevan mucho tiempo en el extranjero. Él mismo lleva una larga temporada tratando de encontrar personal para trabajar con él, comenta. Hace unas semanas, prosigue, su único hijo, de 38 años, de cuya ayuda depende debido a sus problemas de salud, fue llamado a filas. “Espero que pueda servir en algún lugar cercano y no tenga que ir al frente”, dice Rati.
Cuando se le pregunta por la campaña electoral antiucraniana del primer ministro húngaro, Viktor Orbán, y por las tensiones entre Hungría y Ucrania, Rati se muestra preocupado. Orbán ha hecho mucho por los húngaros de aquí, opina, pero cree que las actuales fricciones no les benefician en nada.
La región multiétnica de Transcarpacia, al oeste de Ucrania, aparece cada vez más en los titulares debido a la política nacionalista, prorrusa y antiucraniana del primer ministro húngaro, Viktor Orbán.
Supuestamente, según se viene diciendo desde hace años en Budapest, Ucrania priva a los húngaros de la región de sus derechos como minoría. También se dice que los nacionalistas ucranianos atentan regularmente contra instituciones húngaras y que se recluta a muchos más húngaros que a ucranianos para enviarlos al frente.
El aparato propagandístico de Orbán inunda las redes sociales con afirmaciones de este tipo especialmente en estas semanas, durante la campaña húngara para las elecciones parlamentarias del 12 de abril. La realidad sobre el terreno es muy diferente. Casi nadie entre los húngaros se queja de la falta de derechos de las minorías. Es inútil buscar rastros de acciones de nacionalistas ucranianos contra la minoría húngara. A diferencia de lo que sucede en algunos lugares de Rumania o Serbia, aquí ni siquiera se ven carteles bilingües con los nombres de las localidades o las calles pintados con spray.
Lo que sí existe es un enorme temor entre los húngaros de la región a expresarse públicamente por la tensa situación actual. También en Velyka Dobron.
El alcalde de la localidad, Ferenc Nagy, sí está dispuesto a hablar. Recibe a DW en su pequeño despacho del ayuntamiento. En un rincón de la habitación hay una bandera ucraniana y otra húngara.
Nagy, de 51 años, es un hombre afable, de voz suave. No quiere pronunciarse sobre la política de Viktor Orbán. Solo dice que las afirmaciones de que Ucrania es un “Estado mafioso” son hirientes, también a nivel personal. “No soy un criminal. Tampoco conozco aquí a ningún delincuente. En una campaña electoral, hay que convencer con resultados y no difamar a los demás”.
El alcalde no percibe que la minoría húngara en Ucrania sufra discriminación, aunque sí desearía que en las escuelas para minorías se enseñara la lengua ucraniana con mejores métodos, más adaptados a las necesidades de los niños que no hablan este idioma.
Cuando habla del ambiente que se respira, se nota su abatimiento. Antes, el pueblo prosperaba y se vivía muy bien de la agricultura. Pero explica que, desde el inicio de la guerra en Ucrania, en 2014, todo ha ido de mal en peor, sobre todo desde febrero de 2022, cuando Rusia pasó a la invasión de Ucrania. “Aquí vivían antes más de 6.000 personas. Ahora quedan solo 2.000. En la mayoría de los casos, primero se marcharon los hombres al extranjero y, más tarde, les siguieron las esposas y los hijos”.
Nagy habla de su hijo, que lleva años viviendo y trabajando en Hungría. Desea que vuelva “a casa”, con la familia. “Al fin y al cabo, hemos nacido aquí”, dice el alcalde. “Aquí están nuestras raíces y las tumbas de nuestros padres”.
En el último censo de Ucrania, realizado en 2001, aún vivían en Transcarpacia más de 150.000 húngaros. Su proporción ascendía al 12 por ciento de la población de la región. Hoy, según estimaciones optimistas, quedan 80.000.
“Quizá algún día solo seamos una atracción folclórica”, dice lacónicamente a DW Laszlo Zubanics, historiador y presidente de la Unión Democrática de los Húngaros en Ucrania (UMDSZ). La UMDSZ es uno de los dos partidos políticos de los húngaros en Transcarpacia y defiende una política proeuropea independiente del Gobierno de Orbán, que apuesta por el diálogo con la élite política ucraniana.
El otro partido, la Asociación Cultural Húngara de Transcarpacia (KMKSZ), está estrechamente vinculado al Gobierno de Orbán y tiene una orientación nacional-conservadora. Los representantes de la KMKSZ han declinado participar en la entrevista solicitada por DW. La KMKSZ fue durante mucho tiempo el partido más fuerte. Ahora es difícil conocer con precisión si conserva esa ventaja entre los húngaros de Transcarpacia.
En las conversaciones en la calle se encuentra tanto a partidarios como a detractores de Orbán, pero la mayoría parece querer mantenerse al margen de la política en la medida de lo posible. Al mismo tiempo, al igual que entre los ucranianos, tampoco entre los húngaros se oye ningún deseo con más frecuencia que el de la paz.
Fuente: Deutsche Welle

