La guerra en Medio Oriente comenzó a finales de febrero de 2026, cuando Israel y Estados Unidos atacaron a Irán. Pero Irán, además de devolver el golpe a Israel, también atacó países del Golfo como Baréin, Omán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita.
Políticamente, Baréin se encuentra en una posición particularmente difícil. Al igual que otros Estados del Golfo, es una monarquía y reprime la mayor parte de la disidencia política. Pero, a diferencia de otros países del Golfo, la familia real de Baréin es suní, mientras que se estima que la mayoría de la población -poco más del 50 por ciento- es chií.
Irán es una teocracia chiíta, y en marzo se produjeron hasta 250 arrestos en Baréin de personas que supuestamente publicaron mensajes antibélicos en internet, expresaron “simpatía” hacia Irán o participaron en manifestaciones. Baréin afirma haber arrestado también a espías que trabajaban para Irán. Posteriormente, a finales de abril, el Gobierno anunció que revisaría la ciudadanía de cualquier persona “desleal” al país.
Jawad Fairooz, un exdiputado a quien le fue revocada la nacionalidad bareiní en 2012 por participar en protestas de la Primavera Árabe, comenta a DW que Baréin está utilizando de nuevo la ciudadanía como arma por razones de seguridad, pero también porque las autoridades saben que pueden usarla para reprimir la disidencia.
Fairooz, que ese año hizo un viaje corto a Londres, al saberlo, solicitó asilo, obtuvo la ciudadanía británica y ahora dirige la organización Salam for Democracy and Human Rights. Se enteró de que le habían retirado la ciudadanía por televisión, y dice que fue un “schock tremendo” porque äel nunca había llamado a que se derrocara al gobierno.
“Me llegan noticias de detenciones de ciudadanos considerados partidarios del Estado enemigo”, afirma otro bareiní que reside en Estados Unidos, pero cuya familia sigue en Baréin, por lo que habla de forma anónima con DW. “En particular, a las personas de ascendencia persa, o de ascendencia árabe y persa mixta, se las asocia con Irán, independientemente de su opinión real sobre el conflicto. Esta dinámica afecta a diversas comunidades, no solo a las minorías chiíes, sino también a los ciudadanos suníes de ascendencia persa”.
Kuwait podría ser uno de los países más afectados. En marzo de 2024, el Gobierno kuwaití lanzó una campaña para revocar la ciudadanía y, según fuentes, es muy probable que, desde entonces, más de 70.000 kuwaitíes hayan perdido su nacionalidad. La cifra real podría ascender a 300.000, ya que los familiares a cargo, como esposas, hijos o nietos, también pierden la ciudadanía kuwaití.
De ser cierto, eso representa casi una quinta parte de la población nativa, ya que solo hay alrededor de 1,56 millones de ciudadanos kuwaitíes.
“Quizás sea demasiado pronto para determinar si existe una tendencia creciente relacionada con el reciente conflicto con Irán”, dice a DW Thomas McGee, experto del Observatorio en Oriente Medio. “Lo que observamos ahora es que varios países del Golfo podrían estar utilizando la guerra con Irán como justificación para intensificar los controles de ciudadanía y nacionalidad ya existentes, más que llevar a cabo esta práctica desde cero”.
Este tipo de actividad no se limita a Oriente Medio. La semana pasada, en Estados Unidos, la administración Trump presionó nuevamente a su Departamento de Justicia para que revocara la nacionalidad de cientos de estadounidenses y emitió nuevas directrices para verificar las opiniones políticas de personas que solicitan la residencia.
El año pasado, Human Rights Watch criticó un documento de trabajo filtrado sobre migración, elaborado por partidos políticos conservadores en Alemania. Dicho documento sugería que a las personas con doble nacionalidad se les podría retirar el pasaporte alemán si se las consideraba “partidarias del terrorismo, antisemitas y extremistas”.
Los expertos afirman que la ciudadanía se está instrumentalizando porque, en las últimas dos décadas, se ha vuelto más aceptable tratarla como un privilegio, no como un derecho.
Esto no ocurría después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El artículo 15 establece que la nacionalidad es un derecho humano fundamental, y esto fue en parte una respuesta a la ley de desnaturalización de 1933, que dejó a decenas de miles de judíos y opositores políticos sin nacionalidad.
“Los países llevan mucho tiempo instrumentalizando la ciudadanía”, señala Lindsey Kingston, profesora de Derechos Humanos Internacionales en la Universidad Webster de Misuri. “Pero la naturaleza de esa instrumentalización está cambiando”.
Un estudio de 2022 del Observatorio Mundial de la Ciudadanía y el Instituto para la Apatridia y la Inclusión (ISI), con sede en Países Bajos, concluye que, en las dos décadas posteriores a los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos, “el uso y el alcance de la revocación de la ciudadanía por motivos de seguridad se han ampliado”.
Desde el 11-S, “la gente empezó a ver la ciudadanía como algo impermanente, algo que había que ganarse y justificar continuamente”, dice Kingston. Según ella, privar a una persona de ese derecho se ha vuelto más aceptable, “aun cuando constituye una violación flagrante de las leyes de derechos humanos”.
Aunque no se trata de algo nuevo, la guerra con Irán parece estar empeorando las cosas, según los expertos.
El conflicto ha provocado una ralentización de las reformas en los países del Golfo, según argumentaron a principios de abril analistas de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, con sede en Estados Unidos. La guerra ha alterado “el frágil equilibrio que se estaba gestando en el Golfo entre la reforma controlada y la estabilidad política”, escribieron. Esto incluye la instrumentalización de la ciudadanía, según observadores.
“Los conflictos militares pueden ser un catalizador”, confirma Luuk van der Baaren, investigador jurídico del Instituto Universitario Europeo, especializado en derecho de la ciudadanía. “Un motivo tradicional para la retirada de la ciudadanía es la traición, y esta lógica se está invocando ahora en algunos países del Golfo”. Añade que lo mismo se ha observado en Rusia y Ucrania. “Los países tienden a adoptar enfoques similares a los de sus vecinos, lo que podría explicar los recientes cambios en naciones del Golfo Pérsico”, explica a DW.
Fuente: Deutsche Welle

