En numerosos países de la región del Golfo, se están atacando las instalaciones energéticas y militares y la infraestructura civil. Al mismo tiempo, el presidente estadounidense, Donald Trump, declaró que Irán fue derrotado militarmente. Pero la realidad sobre el terreno cuenta una historia diferente.
Políticamente, la presión sobre Washington aumenta. El alza de los precios de la energía está impulsando la inflación y la inseguridad en todo el mundo, también en Estados Unidos. Sin embargo, el Gobierno estadounidense sigue apostando por la presión militar y no por las conversaciones con Teherán.
Stefan Lukas, experto en Medio Oriente y director del centro de estudios Middle East Minds, con sede en Berlín, afirma que “Irán no mostrará oficialmente ningún interés en dialogar en los próximos días”. Desde la perspectiva iraní, el daño infligido por Estados Unidos es demasiado grave. No obstante, Lukas no descarta la posibilidad de que continúen los contactos extraoficiales, quizás a través de canales omaníes o iraquíes.
Marcus Schneider, director del proyecto regional de la Fundación Friedrich Ebert para la Paz y la Seguridad en Oriente Medio, con sede en Beirut, se muestra “muy escéptico en este momento”. Con el asesinato selectivo de figuras clave, se han eliminado contactos importantes y “a quienes toman el relevo se les considera más intrasigentes”.
“Esta estrategia de ataques selectivos está teniendo consecuencias negativas”, afirma Schneider. La idea de que eliminar a la cúpula dirigente propiciaría un rápido cambio de régimen ha demostrado ser un error de cálculo.
“Para el régimen iraní, el hecho de simplemente sobrevivir a un conflicto armado contra Estados Unidos es de por sí una victoria”, según un análisis del centro de estudios estadounidense Middle East Institute. Esta evaluación coincide con la impresión de que Teherán se centra actualmente menos en los avances militares y más en los efectos políticos y estratégicos.
Lukas también destaca la estabilidad estructural del sistema: “El régimen siempre ha sido una incógnita”, afirma. Pero ahora resulta evidente que subestimaron su resiliencia. A pesar de los ataques, actualmente parece más consolidado que debilitado. Al mismo tiempo, ha ganado legitimidad internacional, mientras su estrategia de ejercer presión económica sobre los mercados energéticos parece estar dando buenos resultados.
Schneider también subraya que Teherán se ve actualmente en una posición estratégica ventajosa. El bloqueo del estrecho de Ormuz y los ataques a la infraestructura energética en la región tienen un impacto directo en los mercados globales. Las guerras no solo se deciden militarmente, sino también políticamente.
“Puede que Irán no gane la guerra militarmente, pero sin duda puede intensificarla económicamente”, según un análisis de la agencia de noticias Reuters. Esto desplazaría el equilibrio de poder, al menos parcialmente, hacia un ámbito donde la superioridad militar es menos decisiva.
Los ataques a la infraestructura energética y la restricción de las rutas marítimas eran previsibles. Sin embargo, Washington, al parecer, subestimó las consecuencias. “Este es uno de los mayores errores de la administración estadounidense”, afirma Stefan Lukas, de Middle East Minds.
Si bien Estados Unidos cuenta actualmente con ventaja militar, según un análisis del Instituto Washington, “sin respaldo interno y si no renuncia a sus objetivos más ambiciosos, se enfrenta a un fracaso estratégico”. Esto también sugiere que la presión militar por sí sola probablemente no sea suficiente para forzar una solución diplomática.
A esto se suma un dilema estratégico por parte de Estados Unidos. Según Schneider, de la Fundación Friedrich Ebert para la Paz y la Seguridad en Oriente Medio, “la guerra rápida y barata que se esperaba no se ha materializado”. El aumento de los precios de la energía, la posible escalada del conflicto y el riesgo de un compromiso militar a largo plazo podrían limitar significativamente el margen de maniobra, explica.
Lukas contempla dos posibles escenarios: una mayor escalada con expansión regional o una retirada abrupta en la que Washington declare la “victoria” y centre su atención en otros asuntos. Tanto Lukas como Schneider consideran improbable que se celebren conversaciones a corto plazo. La desconfianza es demasiado grande, las posibles concesiones son poco claras y los objetivos estratégicos son demasiado divergentes.
Así que, mientras nada de esto cambie, es probable que la guerra siga decidiéndose en el campo de batalla y no en la mesa de negociaciones.
Fuente: Deutsche Welle

