Hambruna en Ucrania: Oleshki se volvió una «trampa mortal»

Hambruna en Ucrania: Oleshki se volvió una «trampa mortal»

Un hombre envía una foto de su "borsch de Oleshki". Llama así a la sopa que ha preparado con restos de verduras: cinco papas, una remolacha, un tomate, unas cebollas, un calabacín y algunos espárragos. Para que la sopa saciara el hambre, añadió también mijo y dos huevos. "Hoy tenemos una exquisitez en el borsch: mi madre cambió 2,5 kilos de azúcar por diez huevos. No lleva col blanca, pero sí espárragos", escribe el habitante de Oleshki, una localidad del sur de Ucrania ocupada por Rusia.

Su mensaje está dirigido a Tetiana Hasanenko, jefa de la administración militar ucraniana de Oleshki, cuya sede se encuentra en territorio controlado por Kiev. "Recibo informes así a diario. La gente quiere que se les dé alguna esperanza, pero no la hay", afirma la funcionaria. Según ella, la última vez que se suministraron alimentos a la localidad fue a finales de mayo. "La situación es crítica. No se puede calificar simplemente de hambre; es una hambruna", advierte.

Oleshki se encuentra en la región de Jersón, en el margen izquierdo del río Dniéper. La ciudad ha estado ocupada desde el inicio de la invasión rusa a gran escala. En junio de 2023, quedó casi totalmente anegada por las aguas tras la voladura de la central eléctrica y la ruptura de la presa de Kajovka.

"La situación en Oleshki se agravó en diciembre de 2025, cuando nevó y ya no se veían las minas que había en la calle. Se producían explosiones constantes y las reservas de alimentos empezaron a agotarse. La gente desenterraba sus sótanos, anegados de barro por la inundación, para sacar conservas. Pero ahora ya se ha acabado todo", relata Hasanenko.

Según los datos disponibles, en el municipio de Oleshki —que comprende 13 localidades— permanecen unas 6.000 personas, entre ellas 180 niños. Desde la primavera, Ucrania negocia con Rusia su evacuación; sin embargo, según el Defensor del Pueblo del Parlamento ucraniano, Dmytro Lubinets, Moscú aún no ha aceptado participar en una operación humanitaria. Mientras tanto, la población sufre hambre y se prepara para un invierno riguroso. En Oleshki, hace tiempo que no hay electricidad ni gas, y el agua debe extraerse de pozos.

"Sinceramente, todavía no he comido nada", dice Halyna (nombre cambiado por motivos de seguridad), residente de Oleshki, en conversación telefónica con DW a la hora del almuerzo. "Lo mejor que tengo para comer hoy es una torta hecha de agua y harina, porque es lo único que queda. Le unto puré de manzana y me preparo un té sin azúcar. Eso es todo", añade la mujer. Intenta recordar cuándo fue la última vez que comió carne. "Probablemente en Año Nuevo", conjetura.

Halyna vive en una casa particular abandonada, a la que se mudó después de que su vivienda fuera destruida por los bombardeos. "Me mudé a una casa que estaba intacta, pero un mes después cayó un proyectil aquí, justo en el tejado. Hoy ha llovido, por eso el suelo está mojado, y afuera hay 14 grados", relata la mujer.

Según ella, los habitantes solo salen a la calle entre las siete y las nueve de la mañana. Se reúnen en la plaza del mercado para enterarse de las novedades e intercambiar o vender alimentos procedentes de sus reservas o huertos. "Hoy había calabacines a 1.000 rublos (equivalentes a 10 euros) el kilo", comenta, y añade que alguien vendió un saco grande de harina por 200.000 rublos (equivalentes a 2.000 euros). La mujer sospecha que el vendedor tiene intención de marcharse de Oleshki.

Halyna no tiene huerto, por lo que los vecinos comparten su cosecha con ella. "Además, he reunido algunos tarros de conservas en los sótanos de los vecinos", confiesa. Los huevos de gallina son una rareza, ya que tampoco es posible alimentar a las aves de corral. "Veinte kilos de trigo cuestan 21.000 rublos (el equivalente a 200 euros). Por eso, la gente ha llegado a sacrificar incluso a las gallinas que en primavera aún eran polluelos. Tampoco quedan cerdos. En todo el pueblo solo queda una vaca", comenta.

Hasta el año pasado, según cuenta Halyna, circulaban minibuses hacia Oleshki que, por una suma, transportaban a personas desde allí hasta Skadovsk —en el sur de la región ocupada de Jersón— y, posteriormente, a Crimea o a Rusia. Estos autobuses también llevaban alimentos para vender en Oleshki. Sin embargo, tras sufrir ataques con drones, se optó por utilizar dos ambulancias en su lugar. "Pero desde hace mes y medio ya no circula ninguno de los vehículos, ya que un viaje acabó con la vida de uno de los conductores", relata.

Halyna explica que ahora la gente se abastece de alimentos en el pueblo de Radensk, situado 20 kilómetros al sur. Van allí a pie o en bicicleta. Y quien desea ser evacuado debe llegar al pueblo de Tarasivka, que se encuentra a otros 20 kilómetros de distancia. Desde allí es posible llegar a Skadovsk en minibús o haciendo autostop. No obstante, el camino está densamente minado. "Uno se pone en marcha y puede morir por el camino", advierte Halyna, señalando que dos mujeres perdieron la vida de esta manera cuando intentaban conseguir alimentos.

Según Halyna, en Oleshki hay muchas personas heridas por minas y artefactos explosivos, pero no pueden esperar recibir asistencia médica. "Si a alguien le arrancan una pierna, está condenado a morir. En el hospital hay un cirujano, pero no hay anestesista ni medicamentos", añade. Las condiciones también empeoran progresivamente para los pacientes ingresados. "En invierno daban algo de sopa y dos rosquillas en lugar de pan; ahora, una cucharada y media de sémola cocida con agua y un té que ya está frío, porque no hay forma de calentarlo", cuenta Halyna.

La evacuación de Oleshki resulta difícil no solo por el peligro de las minas. Muchos habitantes no poseen pasaporte ruso ni ucraniano. Según Halyna, numerosos documentos se perdieron durante las inundaciones o en incendios. Además, la gente carece de efectivo. Aunque siguen recibiendo prestaciones sociales, no pueden retirar el dinero de sus cuentas. Tampoco hay representantes de las fuerzas de ocupación rusas en esa ciudad, y resulta imposible contactar con ellos.

Halyna señala que los habitantes de Oleshki no tienen forma de prepararse para el invierno. "Ya se nos ha acabado la leña", afirma, lamentando que no se venda ni gas ni combustible para los generadores. "¿Qué vamos a hacer? Yo puedo irme a pie, o los hijos pueden sacar a sus padres en una carretilla. Pero ¿qué pueden hacer las personas que viven solas y tienen movilidad reducida?", pregunta. Según ella, quienes permanecen hoy en Oleshki son principalmente personas mayores.

"Solo hay una salida: establecer un 'corredor humanitario' y evacuar a la población. Las autoridades de ocupación deben trasladar a la gente hacia zonas más profundas del territorio temporalmente ocupado", opina Tetiana Hasanenko, de la administración militar ucraniana.

Las conversaciones sobre una evacuación de Oleshki se vienen desarrollando desde la primavera. Por aquel entonces, y a iniciativa del Defensor de los Derechos Humanos del Parlamento ucraniano, Dmytro Lubinets, empleados de la administración municipal elaboraron una lista de residentes que deseaban abandonar el municipio de Oleshki.

Es urgente evacuar a 358 personas, escribió Lubinets en las redes sociales. "Se trata solo de aquellas de las que hemos tenido noticia", subrayó, recordando que el municipio de Oleshki cuenta actualmente con más de 6.000 habitantes. "Hay que salvar a estas personas, porque la ciudad se ha convertido en una trampa mortal", afirmó el Defensor del Pueblo.

Según sus declaraciones, existían acuerdos preliminares entre Kiev y Moscú. El Ejército ucraniano debía garantizar el alto al fuego y el Comité Internacional de la Cruz Roja participar en la evacuación. Sin embargo, Rusia "lleva ya bastante tiempo sin reafirmar su disposición" a llevar a cabo la evacuación, lamentó Lubinets.

Mientras tanto, los habitantes de Oleshki están desesperados, afirma Tetiana Hasanenko, de la administración militar. "Esperaban que la evacuación comenzara en cualquier momento. Pero ¿y ahora? No puedo darles ninguna esperanza", lamenta.

"Desde la primavera no ha cambiado nada", dice Halyna. "La situación ha empeorado: el invierno está a la vuelta de la esquina y no hay nada que comer. En realidad, no deberíamos estar aquí. Eso lo tengo claro. Pero el caso es que estamos aquí".

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Fuente: Deutsche Welle

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