Mientras se acumulan activos militares estadounidenses en el Golfo Pérsico, el presidente de ese país, Donald Trump, ha dado a entender que desea que la guerra en Irán termine pronto. Sin embargo, el Estrecho de Ormuz sigue bloqueado por Teherán, que de esta forma estrangula el comercio energético global.
Estados Unidos e Israel sostienen que la Armada, la Fuerza Aérea, los grandes sistemas de armas y la producción de defensa iraní han sido gravemente debilitados tras semanas de ataques aéreos. El domingo 29 de marzo, Trump declaró a Financial Times que habían sido golpeados 13.000 objetivos desde que comenzaron los bombardeos, el 28 de febrero.
Bajo esta gigantesca potencia de fuego, el régimen de Irán efectivamente ha sido dañado, pero sigue resistiendo, lanzando contraataques y coordinando su estrategia defensiva.
“La persistente degradación de las capacidades militares iraníes ha limitado fuertemente sus opciones de respuesta. Dicho esto, el régimen también ha demostrado ser experto en la implementación de la guerra asimétrica, y ha tenido décadas para planificar este escenario”, dice a DW Jason Campbell, investigador del Instituto de Medio Oriente en Washington.
Durante décadas, la República Islámica financió a grupos afines en Medio Oriente y reprimió el descontento popular, aun cuando las sanciones contra su programa nuclear golpeaban fuertemente su economía. Cada vez que los iraníes salieron a las calles a exigir derechos o libertades, fuerzas leales como la milicia Basij se encargaban de reprimir, a veces de forma brutal, al pueblo.
En un ensayo publicado en Foreign Affairs, el antropólogo iraní-estadounidense Narges Bajoghli señala que el aislamiento internacional explica parcialmente el desarrollo de tácticas de supervivencia por parte de Teherán. La estrategia de guerra asimétrica surgió por necesidad, cuando Estados Unidos impuso un embargo de armas tras la Revolución Islámica de 1979.
Hoy, esta capacidad asimétrica, bien engrasada con misiles de largo alcance, drones, guerra cibernética y redes militantes, se ha convertido en su mejor baza. Estas capacidades son financiadas en gran medida con los ingresos del petróleo, que Irán vende —evadiendo las sanciones estadounidenses— a compradores como China.
“Irán parece capaz de sostener una amenaza asimétrica creíble durante un largo período de tiempo”, dice a DW Kelly Grieco, analista de estrategia en el think tank Stimson Center. Si bien la experta concede que las fuerzas convencionales iraníes están muy golpeadas, señala que mantiene una capacidad misilística suficientemente peligrosa.
La amenaza de los drones es, sin embargo, más sostenible. La estrategia de Teherán se basa en los Shahed, cuyas unidades cuestan entre 20.000 y 30.000 dólares. Se trata de una pequeña aeronave teledirigida con un alcance de hasta 2.000 kilómetros. Rusia los utiliza casi a diario contra Ucrania.
Irán ha disparado miles de estos drones desde el inicio de la guerra, combinándolos con misiles balísticos más costosos, en sus intentos por superar las defensas aéreas. La mayoría de los proyectiles son derribados, pero algunos alcanzan sus objetivos. Por ejemplo, un ataque contra una base militar estadounidense en Kuwait dejó seis soldados fallecidos.
Cuando para derribar un dron se usa un misil Patriot que cuesta 4 millones de dólares, está claro que los costos para Estados Unidos y sus aliados -nunca mejor dicho- se dispararán.
Además de los drones baratos, Irán cuenta con otra enorme ventaja: su geografía. La posibilidad de que el país pueda bloquear el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20 por ciento del suministro mundial de petróleo, ha sido un importante factor disuasivo a la hora de pensar siquiera en derrocar por la fuerza al régimen.
Irán puede usar drones, minas navales y lanchas rápidas para amenazar a los buques que quieran cruzar el estrecho.
“Este es el corazón del problema para Estados Unidos y, por extensión, para gran parte de la economía global”, dice Campbell. “Irán no necesita desatar matanzas periódicas en el estrecho, sino solo demostrar que es capaz de atacar objetivos que considera una amenaza o que no cumplen sus dictados”, agrega.
“Cualquier opción militar que busque abrir el estrecho requeriría de decenas de miles de fuerzas terrestres para tomar y mantener el control sobre una amplia franja costera, y es probable que esas fuerzas se vean sometidas a una insurgencia agresiva y que deban permanecer en sus posiciones un tiempo indeterminado. Los costos, tanto en bajas como en financiamiento, serían astronómicos”, apunta Campbell.
Fuente: Deutsche Welle

