El canciller alemán, Friedrich Merz, ha insistido el jueves 30 de abril en que “Irán debe sentarse a la mesa de negociaciones, debe dejar de ganar tiempo y no puede seguir tomando como rehén a toda la región y, en última instancia, al mundo entero”. Durante una visita a una base de la Bundeswehr en Münster, ha recordado que “si el estrecho de Ormuz permaneciera bloqueado, tendría enormes consecuencias económicas para todos nosotros”.
Esta idea de que Irán mantiene como “rehén” a la economía mundial con el cierre de Ormuz, por más que se busquen rutas alternativas para el petróleo, no es nueva. Pero hay otros “rehenes” en esta guerra: se calcula que en el Golfo Pérsico hay unos veinte mil marineros varados debido al bloqueo del estrecho. En las rutas que parten de ahí, hay principalmente marineros asiáticos, con gran presencia de filipinos e indios en las tripulaciones, aunque también de muchas otras nacionalidades. No se puede descartar la presencia de latinoamericanos también.
De la India provienen más de 20.000 marineros que trabajan en las rutas de la región. El Ministerio de Transporte Marítimo del país dijo que al menos 2.680 fueron ya repatriados. El Gobierno filipino no ha informado de cuántos de sus connacionales han sido ya evacuados, pero sí que dio la cifra de que 7.300 de los marineros atrapados en el Golfo Pérsico eran filipinos.
La mayor compañía naviera de Alemania, Hapag-Lloyd, ha tenido también alrededor de 150 marineros varados cerca del estrecho, en seis de sus buques. “Estos son días y semanas difíciles”, admitió el portavoz de la compañía, Nils Haupt, y dijo estar en contacto diario con los capitanes y los miembros de las tripulaciones. “Hemos podido rotar a algunos mientras tanto, pero, como pueden imaginar, tras tanto tiempo, la monotonía se instala de forma natural a bordo”, dijo.
El riesgo es algo consustancial a la mar. Y muchas veces no se evita. “La gente que trabaja este sector nos movemos única y exclusivamente por dinero”, explica a DW un marinero que prefiere quedar en el anonimato. “Por ir a una zona de piratería o una zona de guerra recibes el doble de sueldo, cada día cuenta por dos”, añade. El problema es cuando la situación se alarga y el peligro deja de merecer la pena.
Los testimonios de los marineros varados en el Golfo Pérsico hablan de escasez de comida, del agua potable y de falta de combustible para mantener el suministro eléctrico a bordo, además de dificultades para ser repatriados cuando lo solicitan. Muchos de estos testimonios han sido difundidos por los sindicatos y organizaciones de trabajadores del mar. Sólo la Federación Internacional de los Trabajadores del Transporte afirmaba hace un mes haber recibido más de mil mensajes de marineros atrapados por el cierre de Ormuz.
“Recibo llamadas de marineros a las dos, tres de la madrugada. Me llaman en cuanto tienen acceso a internet”, declaró a AFP el coordinador de esta organización para el mundo árabe e Irán, Mohamed Arrachedi. “Un marinero llamó en pánico, diciendo: ‘Estamos aquí bombardeados. No queremos morir. Por favor, ayúdame, señor. Por favor, sácanos de aquí”, recordaba. Su miedo no era injustificado. Algunos marineros han muerto por los ataques a los buques que intentan cruzar.
A pesar de que los marineros consiguen hablar con sus familias cuando alcanzan cobertura de internet, es complicado contactar con ellos. “Como no conozcas a alguien que esté allí a bordo, las navieras no van a facilitarte el contacto de ningún tripulante, sobre todo si han dado orden de que no hablen”, nos advierte un consignatario de un puerto español.
Algunos capitanes sí que acceden a hablar con la prensa, aunque pocos quieren ser citados por su nombre. Uno de ellos es Reza Muhammad Saleh, indonesio a cargo de un carguero griego que ha estado varado frente a Omán más de un mes. “El mayor problema es la incertidumbre, declaró a AP. “No sabemos cuándo volverá a abrir Ormuz”, añade, lamentando el escenario cambiante en la zona. “A veces pensamos que es seguro y, de repente, ya no lo es… hoy estamos a salvo, mañana nadie lo sabe”, dice.
Lo sabe bien Manuel Bermúdez, oficial de la Marina Mercante española, que estuvo en el Mar Negro cuando empezó la guerra en Ucrania. Era la segunda vez que se embarcaba, todavía como cadete de cubierta. Al principio pensaba que “las probabilidades de que nos pasara algo eran bajísimas”, pero luego había “minas a la deriva que estaban literalmente por donde íbamos a pasar nosotros”. Recuerda también que, “justo al cruzar el Estrecho del Bósforo, todos los equipos de navegación se convirtieron en propaganda política de ambos bandos”.
“Te puedo asegurar que la gente que está en el Golfo Persico ha vivido cosas muy muy similares”, afirma. Incluyendo la “propaganda política usando equipos de navegación, de hecho, hay videos por redes sociales”. Aunque hay paralelismos, la situación es ahora distinta. “Yo estoy por Madagascar, no me tocó Golfo Pérsico, de hecho, mi empresa canceló todos los viajes al Golfo desde que la OMI lo declaró War Risk Area”, explica por mensaje desde el Índico.
“Aun así, la guerra ha afectado a todo el sector al completo: se hacen muchos menos relevos de tripulación por la cancelación de vuelos (Dubái suele ser aeropuerto de escala) y la toma de combustible ahora se hace a más largo plazo”, añade. Además, se corta la señal de GPS, que guía a los misiles, pero también a los barcos. “La cartografía ahora es electrónica y ya no hay cartas de papel. Si no tienes GPS, no sabes dónde estás”, dice Bermúdez. Sin embargo, coincide en la sensación de incertidumbre. “Lo que más la genera es a la hora de que nadie sabe cuándo va a volver a casa”, concluye.
Fuente: Deutsche Welle

