Desde el principio, Estados Unidos e Israelhan dejado claro lo que quieren conseguir con su guerra en Irán: que Teherán deje de suponer una amenaza militar nuclear o convencional y que el debilitado régimen de los mulás sea derrocado.
Ningún país tiene más experiencia que Estados Unidos en las llamadas operaciones de “cambio de régimen”: solo durante la Guerra Fría (1947-1989), según un estudio, Estados Unidos llevó a cabo 72 intentos de cambiar las relaciones de poder en el extranjero a su favor. En la mayoría de los casos (64), se trató de operaciones encubiertas de los servicios secretos, con una tasa de éxito de alrededor del 40 por ciento.
Así, en 1953, la CIA estadounidense, junto con el MI6 británico, logró derrocar al entonces primer ministro iraní Mohammed Mosaddeq. Sin embargo, como resultado, el sha Mohammed Reza fue considerado cada vez más como un “lacayo de Estados Unidos” y derrocado durante la Revolución Islámica de 1979. El régimen teocrático y cada vez más represivo establecido en aquel momento es ahora el objetivo de los actuales ataques aéreos.
Así pues, incluso una operación de “cambio de régimen” que tenga éxito a corto plazo puede acarrear nuevos problemas a posteriori. A continuación, se ofrece una visión general de algunas operaciones de “cambio de régimen”, tanto encubiertas como abiertas, en las que ha participado Estados Unidos.
Cuando en la primavera de 2011 el movimiento conocido como Primavera Árabe alimentó la esperanza de un cambio en todo el norte de África, también creció en Libia la resistencia contra el dictador Muamar el Gadafi, en el poder desde hacía mucho tiempo.
Estados Unidos, bajo la presidencia de Barack Obama, se puso desde el principio del lado de sus oponentes, el llamado Consejo Nacional de Transición. Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña lanzaron ataques aéreos, pronto bajo el amparo de la operación de la OTAN “Unified Protector”. En octubre, un dron estadounidense y un avión de combate francés atacaron el convoy de Gadafi, antes de que este fuera asesinado por combatientes del Consejo Nacional de Transición.
Casi 15 años después, Libia sigue políticamente dividida y marcada por una gran inestabilidad.
El 1 de mayo de 2003, pocas semanas después de la caída del dictador Sadam Husein, el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, proclamó el supuesto fin de la guerra de Irak: “Misión cumplida” (Mission Accomplished) rezaba la pancarta situada detrás de su atril en la cubierta del portaaviones USS Abraham Lincoln.
“La transición de la dictadura a la democracia llevará tiempo, pero merece la pena todo el esfuerzo”, afirmó Bush. “Nuestra coalición permanecerá allí hasta que hayamos cumplido nuestra misión. Entonces nos marcharemos y dejaremos atrás un Irak libre”.
Sin embargo, en el periodo posterior de ocupación la paz ni la estabilidad quedaron restablecidas: las instituciones estatales se debilitaron y el país vecino, Irán, apoyó a las milicias chiitas, que libraron combates cada vez más violentos con las unidades sunitas. En el vacío de poder, la milicia terrorista ISIS acabó convirtiéndose en un actor poderoso y desestabilizó aún más Irak, Siria y toda la región.
Otra guerra con el objetivo de un “cambio de régimen” fue impulsada por George W. Bush: solo cuatro semanas después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, el ejército estadounidense inició la “Operación Libertad Duradera” en Afganistán. El régimen talibán anterior fue derrocado rápidamente, pero, también en este caso, el nuevo Gobierno apoyado por Estados Unidos solo pudo mantenerse durante un tiempo.
Después de que las fuerzas internacionales, en las que también participaba Alemania, redujeran sus contingentes en 2014, los talibanes recuperaron terreno poco a poco. Cometieron atentados y debilitaron visiblemente al Gobierno de unidad.
En el último año de su primer mandato, Donald Trump acordó con los talibanes la retirada de los soldados estadounidenses restantes, a cambio de que no fueran atacados. Inmediatamente después de la retirada de los últimos soldados estadounidenses, llevada a cabo por Joe Biden en 2021, los talibanes recuperaron el control total y volvieron al sistema político vigente antes de la invasión estadounidense.
En la década de 1980, el dictador Manuel Noriega gobernaba Panamá. Durante años estuvo en la nómina de la CIA, hasta que se convirtió en una carga para el Gobierno estadounidense en el torbellino del escándalo Irán-Contras. Bajo su mandato, Panamá era un centro neurálgico para los narcotraficantes; además, Estados Unidos temía no tener ningún papel en la ampliación prevista del Canal de Panamá.
En mayo de 1989, el político opositor Guillermo Endara ganó las elecciones presidenciales, pero Noriega no lo reconoció. A lo largo de 1989, la situación se fue agravando hasta que, en diciembre, el presidente estadounidense George H. W. Bush ordenó la operación militar Causa Justa para derrocar a Noriega. El 20 de diciembre, Endara tomó posesión como presidente; dos semanas después, Noriega se entregó. Posteriormente, cumplió varias condenas en Estados Unidos, Francia y Panamá, y falleció en 2017.
A partir de 1979, el estado caribeño de Granada se inclinó cada vez más claramente hacia la Unión Soviética en materia política. Cuando el primer ministro en funciones, Maurice Bishop, intentó apaciguar a los Estados Unidos, fue destituido y asesinado por unidades militares.
En esta situación, el presidente estadounidense Ronald Reagan, con el apoyo de varios Estados caribeños, lanzó una invasión, a pesar de la fuerte oposición del Gobierno británico, que consideraba a este miembro de la Commonwealth como parte de su esfera de influencia. Tras la retirada de las tropas estadounidenses, la reina Isabel II instauró un Gobierno de transición.
Tras varios golpes de Estado, la República Dominicana corría el riesgo de sumirse en una guerra civil en 1965. Tras una votación al respecto de la Organización de Estados Americanos, el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson ordenó una invasión.
El objetivo principal era proteger a los ciudadanos estadounidenses, pero, extraoficialmente, también evitar que, en plena Guerra Fría, surgiera una “segunda Cuba”, es decir, un Estado socialista en la vecindad inmediata. Con hasta 44.400 soldados, Estados Unidos se aseguró de que un jefe de Gobierno afín a sus intereses tomara el poder.
El último posible “cambio de régimen” es tan reciente que aún no es posible realizar una valoración definitiva: a principios de enero de 2026, el presidente estadounidense Trump ordenó el secuestro del jefe de Estado venezolano, Nicolás Maduro. Se le juzgará en Nueva York por “terrorismo relacionado con el narcotráfico”.
En Venezuela, su hasta ese momento vicepresidenta, Delcy Rodríguez, asumió la jefatura del Estado. Aunque formaba parte del régimen de Maduro, Trump ha anunciado que cooperará con ella. A cambio, Estados Unidos obtendrá acceso a las gigantescas reservas de petróleo del país sudamericano.
Pero también la ganadora del Premio Nobel de la Paz de 2025, María Corina Machado, partidaria de Trump, ha anunciado recientemente su intención de regresar a Venezuela y llevar al país a la democracia. Dos meses después de la intervención de Estados Unidos, aún no está claro en qué dirección evolucionará el país.
Fuente: Deutsche Welle

