El Banco Agrícola no es una entidad financiera cualquiera; es, por mandato de ley, el pulmón del campo dominicano o debería serlo. Su misión trasciende la rentabilidad bancaria tradicional para situarse en el terreno de la seguridad alimentaria y el fomento productivo.
Si bien es justo reconocer los avances recientes en la inyección de recursos y la modernización de ciertos procesos, persiste un desafío estructural: la democratización real del crédito para que este llegue a quienes no tienen otra puerta que tocar.
No quisiera yo estar en el alma de un emprendedor campesino cuando recibe un no como respuesta, muchas veces por un aparente capricho de quienes tuvieron la tarea del “levantamiento técnico”. Hablar de diversificación no puede limitarse únicamente a ampliar el catálogo de cultivos que reciben financiamiento.
La verdadera diversificación debe ser social y democrática. El crédito debe fluir hacia aquellos productores que, por su escala o ubicación geográfica, carecen de alternativas en la banca comercial formal.
Para un pequeño agricultor de subsistencia o un emprendedor rural que sueña con transformar su parcela en una empresa agrícola, el Banco Agrícola representa la única esperanza de obtener recursos frescos y tasas competitivas. ¿Por qué apagar los sueños de muchos pequeños productores que lo único que tienen es talento, ganas y conocimiento?
Todo parece indicar que el camino hacia el financiamiento está plagado de obstáculos. Existen serias trabas burocráticas que actúan como un filtro excluyente. Muchos pequeños productores, hombres y mujeres con la voluntad de trabajar la tierra, se ven frenados por requisitos técnicos o garantías que simplemente no pueden cumplir.
A esto se suma la percepción, a menudo justificada, de que las conexiones burocráticas siguen pesando más que la viabilidad del proyecto o la necesidad del productor. Si el Banco Agrícola está llamado a fomentar la producción agropecuaria nacional, debe simplificar sus procesos y acercarse más al surco que a la oficina. No basta con anunciar grandes cifras de desembolso si estas se concentran en sectores consolidados que ya tienen acceso a otros canales financieros.
El éxito de la gestión debe medirse por cuántos “invisibles” del sistema han logrado materializar su sueño de ser empresarios de la agricultura gracias al apoyo estatal.
La seguridad alimentaria de la nación depende de que esos recursos lleguen a tiempo para la siembra. Cada traba burocrática es un riesgo para el abastecimiento y una oportunidad perdida para reducir la pobreza rural. Es imperativo que la entidad pase de una cultura de riesgo bancario convencional a una cultura de fomento productivo.
Diversificar el crédito significa, en última instancia, romper las barreras que separan al pequeño productor del capital. Solo así el Banco Agrícola cumplirá plenamente su rol histórico de motor del desarrollo rural. Es hora de que el crédito deje de ser un privilegio de pocos con conexiones y se convierta en la herramienta de progreso para todos.
Fuente: El Dinero
