Su retrato sigue colgado en la Puerta de la Paz Celestial, en el corazón de la República Popular China que él mismo proclamó en 1949. A medio siglo de su muerte, el legado de Mao Zedong permanece lleno de contradicciones: mientras ideaba un Estado comunista con economía planificada y gobierno proletario, impulsó la lucha de clases y una Revolución Cultural (1966-1976) que encarceló a capitalistas y contrarrevolucionarios.
Uno de los cambios más fundamentales tras la muerte de Mao fue el fin de la clasificación de las personas según su origen de clase, explica el historiador Daniel Leese, de la Universidad de Friburgo. Según él, la arbitrariedad estratégica de etiquetar a los ciudadanos como "enemigos" de la sociedad generó un profundo clima de inseguridad y vulnerabilidad ante la manipulación, una dinámica que Mao llevó a extremos absurdos en sus campañas políticas.
Zhang Lun, profesor de la Universidad de Cergy-París, responde a DW que el gigante asiático ya no necesita las ideas de Mao: "El cambio más fundamental en China fue la 'desmaoización'. Sin embargo, este proceso nunca se ha completado del todo", afirma.
Mao dejó como legado un Estado de partido único y un fuerte liderazgo por parte del Partido Comunista de China (PCCh). Su nombre figura en la Constitución y su pensamiento sigue formando parte de la ideología oficial del país.
El líder chino estableció sus ideas como el núcleo institucional de la gobernanza estatal. El principio reza: "El partido lo dirige todo", cuenta el periodista opositor al actual Gobierno Chang Ping, exiliado en Alemania.
"El PCCh impondrá sus objetivos políticos a cualquier precio. Los intereses de la población de a pie pueden sacrificarse en la medida en que sea necesario para preservar el régimen", señala.
Por muy controvertido que Mao fuera, los líderes posteriores le rindieron culto. Su sucesor, Hua Guofeng, dijo: "Mantendremos con firmeza todas las decisiones políticas adoptadas por el presidente Mao y seguiremos sin vacilar todas las instrucciones que dio".
El líder que siguió a Hua, el reformista Deng Xiaoping, declaró en 1980 que el retrato de Mao debía permanecer "para siempre" en la Puerta de la Paz Celestial. Los logros de Mao superarían sus errores y difamar al camarada "significa también difamar a nuestro partido y a nuestro país", señaló.
En 1978, Deng introdujo la llamada política de reforma y apertura, allanando el camino de China hacia la prosperidad. Sin embargo, los posteriores presidentes del Gobierno nunca cuestionaron la autoridad de Mao. Tampoco el actual presidente, Xi Jinping.
La legitimidad del PCCh "depende de Mao", asegura Jean Christopher Mittelstaedt, del Instituto de Estudios Asiáticos y Orientales de la Universidad de Zúrich.
"Una reevaluación integral de Mao podría sacudir desde los cimientos al PCCh. No solo plantearía dudas sobre las decisiones personales de Mao, sino también sobre las instituciones y estructuras que las hicieron posibles", agrega.
Xi guarda malos recuerdos familiares de la Revolución Cultural. Su padre, el general Xi Zhongxun, fue víctima de las purgas de la época. Debido a sus antecedentes familiares, el PCCh rechazó hasta nueve veces su solicitud de ingreso entre 1969 y 1974.
"Lo que Xi aprendió de la Revolución Cultural no fue la lección de una víctima de campañas políticas, sino la del poder. No aprendió que un sistema así no debe volver a existir jamás, sino más bien que quien pierde el poder político queda a merced de los demás", explica Chang Ping.
Al ascender al mando en 2012, Xi se proyectó como una figura de culto para consolidar su autoridad, al igual que Mao. Sin embargo, Mittelstaedt aclara una diferencia sustancial: Mao estaba por encima del partido y su poder derivaba de su propia figura.
"Xi, por el contrario, es un soldado del partido de principio a fin. Su autoridad emana de los órganos del partido y gobierna a través de ellos. En definitiva, él sigue siendo un producto del sistema creado por Mao", concluye.
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Fuente: Deutsche Welle

