Bad Bunny: ¿cómo una identidad cultural se convierte en dinero?

Bad Bunny: ¿cómo una identidad cultural se convierte en dinero?

Amado y a la vez polémico, Bad Bunny se ha convertido en un fenómeno artístico mundial. No solo ha logrado conectar a Latinoamérica y al resto del mundo con un ritmo único, sino que se ha transformado en un fenómeno cultural y económico.

Su música ha evolucionado hasta convertirse, en ocasiones, en una forma de denuncia social. Un ejemplo reciente es su presentación en el Super Bowl, donde incluyó mensajes críticos frente a decisiones gubernamentales y realidades sociales.

Todo eso tiene un impacto económico. Ver cómo su arte y su presencia han revolucionado una industria que mueve a la sociedad en múltiples dimensiones, desde conciertos y baile hasta consumo cultural, streaming y turismo, redefiniendo la manera en que la música se convierte en un motor económico tangible.

En la economía del entretenimiento, donde el streaming, la data y la atención del consumidor determinan el valor real de un producto cultural, el lanzamiento del álbum Debí Tirar Más Fotos marcó un punto de inflexión sobre cómo la identidad cultural puede transformarse en un activo económico global.

Detrás de ese proceso participaron múltiples equipos creativos, entre ellos, Grupo DDB Puerto, liderado por su presidente y CEO, Edgardo Rivera, quien aclara a elDinero que su papel no consistió en crear una campaña de marketing tradicional, sino en diseñar y ejecutar acciones estratégicas dentro de un ecosistema mucho más amplio que apoyara el lanzamiento global del álbum.

“Mi equipo y la agencia estuvimos detrás de una de las acciones específicas del lanzamiento global. No diría que fue la campaña completa, fue una pieza dentro de algo mucho más grande”, explica Rivera. Esa pieza fue “Tracking Bad Bunny”, una iniciativa que conectó Spotify con Google Maps para construir una experiencia digital que permitía a los fanáticos recorrer virtualmente Puerto Rico mientras descubrían pistas del álbum antes de su lanzamiento oficial. Este álbum “pone esa lupa en la autenticidad de Puerto Rico, en las tradiciones, pero también muchas de las canciones hacen oda a un montón de cosas que los latinos vivimos en nuestros países”, dice.

La lógica de negocio detrás de esta acción responde directamente a la economía del streaming. Rivera lo resume de forma simple. “Era importante porque le daba entrada a la gente a hacer presave del álbum antes del lanzamiento oficial en Spotify, y mientras más presave tienes, más probabilidad hay de que el álbum sea exitoso”, agregó. En la práctica, el presave funciona como una reserva de demanda que garantiza volumen de consumo desde el primer día, impactando directamente los algoritmos de recomendación y los charts globales.

El resultado fue medible. Durante 2025, Bad Bunny se consolidó una vez más como el artista global número uno en Spotify con cerca de 19,800 millones de reproducciones, mientras el álbum dominó el consumo global y debutó en el primer lugar en múltiples charts, incluyendo el Billboard 200 y rankings de streaming. En su primera semana completa, el proyecto acumuló más de 264 millones de reproducciones on-demand y superó las 200,000 unidades equivalentes, marcando la mayor semana de streaming para un álbum latino desde 2022.

Para Rivera, el fenómeno no se explica únicamente desde la música. “Hay una verdad absoluta: lo que nace global no conecta igual que lo que nace local”, afirma. En su visión, el éxito del proyecto se sostiene en el uso estratégico de la identidad cultural como motor de conexión emocional masiva.

El álbum, profundamente anclado en la cultura puertorriqueña, logró posicionarse simultáneamente en mercados globales porque la narrativa de sus canciones conecta con experiencias humanas compartidas en toda América Latina, algo observado en su presentación más reciente.

Ese modelo responde a un concepto cada vez más dominante en marketing. Él lo define como cultural branding. En lugar de construir productos diseñados para mercados masivos genéricos, la estrategia se basa en convertir identidad cultural auténtica en un producto exportable. En lenguaje financiero se refiere a economía naranja.

El desempeño comercial del álbum confirma la efectividad de ese enfoque. Fue el primer álbum lanzado en 2025 en superar el millón de unidades equivalentes en Estados Unidos y dominó el mercado español durante más de cinco meses consecutivos en el primer lugar de ventas, alcanzando certificación séxtuple platino.

El impacto no se limitó al consumo digital. El proyecto también generó efectos económicos territoriales. El álbum logró posicionarse en charts de 155 países, alcanzando el Top 10 en 128 mercados y el número uno en 46, consolidando una expansión global que posteriormente se traduce en turismo cultural, consumo de experiencias y fortalecimiento de economías creativas regionales.

Desde la perspectiva de marketing, Rivera señala que el diferencial competitivo del artista está en su narrativa. “Los artistas que dominan el mundo saben contar historias. Benito no sigue las reglas, crea su propio mundo”, explica. Según su análisis, el factor autenticidad funciona hoy como ventaja estratégica en un mercado saturado de contenido. La decisión del artista de no adaptar su idioma ni su identidad cultural para el mercado angloparlante se convirtió, paradójicamente, en su principal ventaja competitiva global.

Otro elemento clave es la participación del consumidor. Rivera sostiene que la comunicación del artista nunca es pasiva. “Él hace todo participativo. Nada se queda solo en él; la gente puede recrearlo”, explica. Este enfoque convierte a los fans en distribuidores orgánicos del contenido, reduciendo la dependencia de inversión publicitaria tradicional y trasladando el peso de la promoción hacia la viralidad social.

Ese modelo se reflejó también en su estrategia de presentaciones en vivo. En lugar de priorizar una gira global tradicional, el artista apostó por concentrar experiencias en Puerto Rico, vendiendo cerca de 400,000 boletos en apenas horas y generando un flujo de turismo internacional hacia la isla. Bajo esta lógica, el entretenimiento deja de ser solo consumo cultural y se convierte en un dinamizador económico multisectorial.

Para las agencias creativas, el aprendizaje del proyecto también redefine los modelos operativos. Rivera reconoce que el trabajo con artistas exige estructuras mucho más ágiles que la publicidad tradicional.

“Nos dijeron algo muy claro: no trabajaban con agencias porque se tardan demasiado. Eso nos obligó a cambiar la forma de pensar. Aquí nadie te envía un brief; tú tienes que pensar como el artista”, explica.

Ese cambio tiene implicaciones directas en el negocio creativo. La capacidad de anticipar contextos culturales y generar ideas en tiempo real se convierte en un activo estratégico para agencias que compiten en mercados cada vez más dinámicos.

Rivera sostiene que este aprendizaje se transfiere luego a clientes corporativos tradicionales. “Nos expande el canvas creativo. Cuando volvemos a trabajar con marcas grandes, ya estamos pensando distinto”, afirma. En este caso particular, para trabajar con el conejo malo, explica que “hay que vivir en el contexto del artista para poder reaccionar y ser proactivos mucho más rápido… tenemos que pensar como si fuéramos Benito y lo que está pasando a nuestro alrededor y crear alrededor de él”.

Explica que este caso también demuestra la forma en que la economía de la música actual funciona como un ecosistema multidimensional donde convergen streaming, branding, experiencias físicas, turismo cultural y propiedad intelectual; todo con alta rentabilidad.

Eventos masivos y exposiciones mediáticas, como grandes espectáculos globales, pueden generar aumentos masivos en el consumo del catálogo completo del artista, multiplicando el valor económico acumulado de su música.

En este contexto, Bad Bunny parece representar más que un artista exitoso. Representa un modelo económico donde la cultura se convierte en infraestructura de negocio. La combinación de identidad local, narrativa global, participación del consumidor y estrategia digital configura un blueprint que muchas marcas intentan replicar.

Para Rivera, la principal lección es clara. “Uno no puede sentarse a esperar que la información llegue. Hay que vivir dentro del contexto cultural para poder reaccionar rápido”. En la economía de la atención, esa velocidad puede marcar la diferencia entre relevancia global o invisibilidad digital.

El fenómeno confirma que el entretenimiento ya no es solo una industria creativa. Es una industria económica estratégica donde la cultura funciona como uno de los activos más rentables del mercado global.

Fuente: El Dinero

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