Pyotr Trofimov (nombre cambiado) llevaba solo tres semanas en Alemania cuando le avisaron que su padre había muerto en San Petersburgo. Si no hubiera sido por la invasión de Rusia a Ucrania, él todavía viviría en Moscú y no en la ciudad bávara de Bayreuth.
Se estima que hasta un millón de personas dejaron Rusia tras el inicio de la agresión militar masiva contra Ucrania en febrero de 2022. No todos planeaban quedarse fuera del país y menos aún podían imaginar que volver a casa podía convertirse en un peligro, lo que derivó en que algunos tuvieran que enfrentar situaciones complejas lejos de casa.
Es lo que pasó con Trofimov. Antes del ataque ruso, era estudiante de doctorado en la Universidad Estatal de Moscú y planeaba buscar empleo en el extranjero después de graduarse en 2024. La guerra, sin embargo, cambió sus planes y se vio obligado a seguir sus estudios en la Universidad de Bayreuth.
Cuando Trofimov se enteró de la muerte de su padre no había cumplido siquiera un mes en Alemania, seguía buscando dónde vivir y lidiaba con la burocracia que implica mudarse al extranjero. “Si las circunstancias hubieran sido distintas, simplemente habría viajado desde Moscú a San Petersburgo”, dice. Pero las circunstancias eran las que eran.
Viajar de regreso le habría costado miles de euros, pues los vuelos directos entre Alemania y Rusia se cancelaron apenas estalló la guerra. Poco después de recibir la dolorosa noticia, agendó una hora con un psicólogo, lo que le ayudó a sobrellevar el shock. Aun así, necesitaba tiempo para aceptar la pérdida. “No se sale de esto tan fácilmente”, dice el joven.
Olga Harlamova, terapeuta radicada en Múnich, explica que la del padre no fue la primera pérdida de Trofimov. “La pérdida comienza con el acto mismo de emigrar. A menudo no nos damos cuenta de ello y por eso no hacemos el duelo necesario”, señala.
“Todo se suma: la pérdida del trabajo, la pérdida del círculo social y, en última instancia, la pérdida de estatus y de seguridad”, dice Harmalova, quien se mudó desde Bielorrusia a Alemania en el año 2000.
Además, cuando una persona enfrenta la muerte de un ser querido en medio de todas estas pérdidas, afrontar el nuevo golpe se torna mucho más difícil, afirma la psicóloga.
Polina Grundmane fundó en Suecia la ONG Sin Prejuicio. Nacida y criada en Moscú, Grundmane creó la entidad en marzo de 2022 para ayudar a los rusohablantes que buscaban apoyo psicológico debido a la guerra.
Como consecuencia de su trabajo en la ONG, la mujer dice que ya no es seguro para ella regresar a Rusia. Asegura que fue amenazada con ser detenida si ponía un pie en el país, por lo que no pudo viajar para despedirse de sus padres cuando estos murieron, con tres meses de diferencia, a comienzos de 2024.
“Mis padres eran todo para mí. Y en un instante me quedé huérfana”, señala. “Si pudiera cambiar todo, nunca habría creado esta ONG. Pero en 2022 no sentía que fundarla fuera un acto heroico, sino más bien una forma completamente normal de ayudar a los demás”.
Grundmane todavía no puede aceptar el deceso de sus padres. “Como directora de una ONG de apoyo psicológico, seré sincera. Primero, el tiempo no lo cura todo, pero sí es posible superar una pérdida. Yo no he superado la mía”, revela.
La psicóloga supone que podrá procesar mejor su dolor una vez que tenga la oportunidad de regresar a su apartamento en Moscú y se reúna con sus hermanas. Por ahora, el ejercicio, la terapia y sus hijos le ayudan a mantenerse a flote.
En marzo de 2022, el videoproductor Alexander Slavin se mudó a Belgrado. Un año después falleció su abuela. Por razones de seguridad no pudo volar al funeral, porque su nombre estaba en una base de datos que rastreaba a pacifistas que habían abandonado el país.
“Para ser honesto, todavía tengo conversaciones internas sobre a qué funeral asistiría. Probablemente al de nadie”, dice este joven de 29 años, que confiesa que tener esas ideas en la cabeza lo agobian.
Según Harlamova, los rituales de despedida ayudan a cerrar el ciclo. “Decir adiós no se trata solo de estar ante la tumba”, explica. Cuando perdió a su abuelo y no pudo ir a su funeral, escribirle cartas le ayudó. También puede servir rezar, ver fotografías o plantar un árbol. El límite para los rituales es la imaginación, dice.
También puede ocurrir que algunas personas empiecen a culparse por no haber estado presentes para su ser querido durante sus últimos días.
Según la terapeuta, la gente debe permitirse todas estas emociones. Y en primer lugar, debe permitirse llorar. “Cuando una persona llora, habla de sus experiencias y, lo más importante, recibe apoyo, se activan los mecanismos reguladores del sistema nervioso”, señala.
Para apoyar a alguien que está de duelo, simplemente hay que estar. “No des consejos. Lo más importante es dar espacio al dolor. A veces, basta con sentarse en silencio a su lado y tomarles la mano”, dice Harlamova. Sentir un vacío es señal de que se está saliendo de la fase aguda del dolor por la pérdida, explica.
“Este sentimiento marca el punto en el que puedes empezar a construir algo nuevo y a cambiar de rumbo”, dice. A la vez, la aceptación no significa que el dolor vaya a desaparecer.
De alguna forma, según Grundmane, el proceso del duelo es como lidiar con una adicción. En lugar de decir que se han curado, los adictos cuentan cuántos meses o años llevan sobrios. “Pero siempre serán adictos”, señala. El dolor de la pérdida nunca desaparece del todo, la gente solo aprende a vivir con él.
Fuente: Deutsche Welle

