América Latina en el punto de mira de las grandes potencias

América Latina en el punto de mira de las grandes potencias

Lo que durante mucho tiempo fue considerado un espacio geopolítico secundario vuelve a situarse en el centro de la política internacional. Este 2026 podría convertirse en un año geopolítico decisivo para el continente americano. Así lo analizan y coinciden expertos alemanes reunidos en la ponencia Latinoamérica entre tensiones políticas, estabilidad y seguridad, organizada por la Akademie für Politische Bildung (Academia de Educación Política) en Tutzing, Alemania.

Estados Unidos adoptó una postura claramente más firme hacia la región. Las cuestiones de seguridad dominan la agenda: migración, narcotráfico, control fronterizo y contención de tendencias autoritarias. Al mismo tiempo, la política comercial se utiliza cada vez más como instrumento geopolítico. Aranceles, renegociaciones de acuerdos y vinculaciones estratégicas recuerdan una lógica clásica de poder.

Quien observe la política exterior estadounidense a largo plazo percibe menos un cambio de rumbo que un retorno a la continuidad histórica. Desde la Doctrina Monroe de 1823, Estados Unidos ha considerado el hemisferio occidental como un espacio central de seguridad. Las intervenciones y la influencia política han formado parte de su práctica exterior. Lo novedoso hoy no es tanto el interés como el tono: más directo, menos normativo y más explícitamente estratégico.

En opinión de Lisa-Marie Geltinger, asistente de investigación en la cátedra de Política Internacional y Relaciones Transatlánticas de la Universidad de Ratisbona y miembro asociado del Centro para el Orden Medio y Global en Berlín (CMEG), la más reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela con la captura de Nicolás Maduro “puede ser catalogada de ilegal según el derecho internacional, pero es políticamente legítima”.

En el trasfondo se encuentra la rivalidad sistémica con China (e indirectamente también con Rusia). Las grandes potencias rara vez toleran competidores estratégicos en su esfera de influencia. Esta lógica pesa más que los argumentos morales en la configuración actual de la política regional.

“Si bien actualmente no existen bases militares operadas por China o Rusia en la región latinoamericana, sus vínculos económicos y su presencia en puertos clave podrían traducirse en una posible acción militar, transformando un riesgo, o incluso uno percibido, en una amenaza real”, sostiene Geltinger.

Esto también permite cierta proyección de poder. Y, naturalmente, Estados Unidos preferiría mantener esto bajo su control en lugar de depender de China, que es en última instancia su mayor competidor y rival en la actualidad.

China ha ampliado de manera sistemática su presencia en América Latina. Inversiones en puertos, proyectos energéticos, infraestructura y explotación de recursos naturales generan nuevas dependencias. Especialmente relevantes son el litio y el cobre, recursos clave para la movilidad eléctrica, la digitalización y las tecnologías militares.

China se ha establecido como el principal socio comercial de la mayoría de los países suramericanos y superó desde hace tiempo a Estados Unidos en este aspecto.

Para muchos países latinoamericanos, el capital chino resulta atractivo por su rapidez y por la ausencia de fuertes condicionamientos políticos. Sin embargo, la presencia económica puede traducirse en influencia estratégica. Desde la perspectiva de Washington, esto representa un riesgo que va más allá del comercio.

Así, América Latina se convierte en escenario de competencia global no tanto ideológica como estructural.

La migración sigue siendo un punto neurálgico. El endurecimiento de las políticas de deportación y la externalización del control migratorio transforman las dinámicas regionales. Al mismo tiempo, el tráfico de drogas sintéticas como el fentanilo intensifica las tensiones de seguridad.

No obstante, ni la migración ni la economía de la droga pueden abordarse de forma aislada. Ambas reflejan desigualdades estructurales profundas, debilidades institucionales y dependencias económicas persistentes.

A ello se suman tensiones políticas internas. En varios países se amplían las facultades del poder ejecutivo, aumenta la polarización política y las instituciones democráticas enfrentan desafíos crecientes. “En términos politológicos, la región atraviesa una ‘coyuntura crítica’: las decisiones actuales pueden definir trayectorias políticas de largo plazo”, advierte el profesor Günther Maihold, de la Universidad Libre de Berlín.

“Las elecciones en grandes países como Brasil o Perú podrían adquirir, por ello, una relevancia trascendental. No está claro si se consolidarán sistemas democráticos estables o si se reforzarán tendencias autoritarias”, explica.

América Latina enfrenta un año decisivo: 2026 podría convertirse en el año en el que se redefinan las orientaciones políticas y económicas de la región, con consecuencias que irían mucho más allá del continente. Por lo tanto, América Latina enfrenta un doble desafío: posicionarse estratégicamente en un mundo multipolar y al mismo tiempo fortalecer sus estructuras internas.

“Ni Washington ni Pekín determinarán por sí solos el futuro de la región. Será decisivo que los propios países latinoamericanos logren preservar su capacidad de acción”, sostiene Maihold.

El año 2026 podría ser algo más que un episodio adicional de tensión geopolítica. Podría marcar el inicio de una etapa en la que América Latina deje de ser una periferia y se consolide como un espacio estratégico clave del siglo XXI.

Fuente: Deutsche Welle

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