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La sensibilidad no puede languidecer por la comodidad de la existencia. La globalización de la indiferencia no puede ser cultura. No podemos olvidar el “hoy por ti, mañana por mí”. Nuestra compasión tiene que ser un remedio que sane la violencia.


Por: Altagracia Suriel.

El caso de Lesandro “Junior” Guzmán Féliz ha estremecido a Estados Unidos, sumiendo en el luto no solo a la familia de este adolescente asesinado a machetazos por una banda de delincuentes que deshonrosamente se hacen llamar “los Trinitarios”, sino a toda la comunidad criolla de New York, y a todo dominicano sensible al dolor que afecte a cualquier hijo de esta patria de Duarte.

En su reportaje del hecho, la BBC reportó la expresión de Terence Monahan, el jefe del Departamento de la Policía de la ciudad, de que el caso de Junior es uno de los crímenes más brutales que había visto en sus 36 años de carrera.

Además de una bestialidad, esta fue una situación de extrema insensibilidad. Junior murió porque, sumado a la saña de sus asesinos, muchos, en vez de auxiliarlo, grabaron o se quedaron mirando mientras lo arrastraban para asesinarlo salvajemente.

La muerte de Junior nos choca de frente y nos alerta de la deshumanización a la que conducir la “tecnologitis” en una sociedad del espectáculo, en la que todo se banaliza y en la que hasta la muerte y la tragedia se convierten en un show.

¿Qué esperanza puede haber en un mundo en el que todos quieren grabar el video para postear, pero nadie quiere ser el primero en ayudar al que es violentado? Tal vez bastaba una llamada al 911 que nadie hizo. Es cierto que los videos compartidos en las redes han ayudado a esclarecer el asesinato, pero también los que grabaron pudieron hacer algo para prevenirlo.

Junior fue víctima no solo de la violencia, sino de la indolencia. La frase “Si me pasa algo, no me grabes, ayúdame”, que está circulando en enternet es un llamado a la conciencia humana, una alerta frente a la inhumanidad y una invitación a la solidaridad que puede salvar vidas.

La sensibilidad no puede languidecer por la comodidad de la existencia. La globalización de la indiferencia no puede ser cultura. No podemos olvidar el “hoy por ti, mañana por mí”. Nuestra compasión tiene que ser un remedio que sane la violencia.

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