Los miembros del Parlamento Europeo han discutido esta semana sobre la respuesta de la Unión Europea ante los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán. El debate ha dejado patentes las divisiones existentes en el bloque y dentro de las propias instituciones de la UE. A Europa le afecta profundamente la crisis, pero es mucho menos capaz de influir en ella de lo que le gustaría.
“La UE no tiene absolutamente ningún papel significativo en este momento. Y punto”, comenta a DW Julien Barnes-Dacey, director del programa de Oriente Medio y Norte de África del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores. “Los europeos son irrelevantes”, sentencia.
La UE se arrogaba un papel diplomático clave en Irán. Desde 2006, el Alto Representante de la UE, responsable de las relaciones exteriores del bloque, ha venido coordinando las conversaciones entre Washington y Teherán, proceso que condujo al Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA) de 2015, diseñado para limitar el programa nuclear de Irán a cambio del alivio de las sanciones.
Mucho ha cambiado desde entonces. Donald Trump retiró a Washington del acuerdo en 2018, lo que supuso un duro golpe para el marco diplomático en el que Europa había invertido. Pero Barnes-Dacey sostiene que la pérdida de relevancia de Europa no puede explicarse únicamente por Trump.
En su opinión, el bloque lleva años restando prioridad a Oriente Medio. Por su parte, tanto Washington como Teherán han dejado de considerar a los europeos como actores centrales. “Ni Estados Unidos ni Irán ven a Europa como un mediador diplomático serio y creíble”, explica Barnes-Dacey a DW.
La analista Maneli Mirkhan, nacida en Teherán y afincada en París, comparte la opinión de que Europa ha perdido terreno. Para ella, los europeos han sido demasiado ingenuos demasiado tiempo. Según Mirkhan, la estrategia de centrarse en la diplomacia y las sanciones no ha logrado impedir que Irán avance en sus capacidades militares, nucleares y tecnológicas.
Ambos expertos coinciden en un punto: el habitual problema de división interna de Europa ha empeorado las cosas. La política exterior de la UE sigue dependiendo en gran medida del consenso entre los Estados miembros, algo difícil de conseguir en una crisis de seguridad que evoluciona rápidamente.
España ha adoptado la postura más dura, condenando los ataques como una violación del derecho internacional. El canciller alemán, Friedrich Merz, pareció inicialmente respaldar el objetivo estadounidense-israelí de un cambio de régimen, antes de dar marcha atrás. Alemania, Francia y el Reino Unido instan ahora a actuar con más cautela, combinando llamamientos a la moderación con críticas a Irán.
Bruselas también ha enviado mensajes contradictorios: la máxima representante de la diplomacia de la UE, Kaja Kallas, se ha centrado en la distensión, mientras que la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha hablado de una “transición creíble” y de “una esperanza renovada” para los iraníes.
Para Barnes-Dacey, los efectos de esta desunión se ven agravados por la debilidad estratégica. Según él, Europa ha centrado su energía geopolítica en Ucrania.
El bloque se ha mostrado reacio a enfrentarse a Trump en lo que respecta a Irán por temor a socavar la cooperación comercial entre Estados Unidos y la Unión Europea, y en la guerra de Rusia contra Ucrania. “Los europeos siguen centrados estratégicamente en proteger la relación transatlántica por encima de todo, porque quieren asegurarse de que los estadounidenses sigan alineados con ellos”, señala el experto.
En lo que respecta a Ucrania, la UE sigue siendo un actor indispensable, que coordina sanciones, ayuda y apoyo militar. En cambio, en lo que respecta a Irán, parece periférica. Barnes-Dacey atribuye esto a la geografía y a las prioridades: Ucrania se considera una cuestión de seguridad existencial en la vecindad inmediata de Europa; Oriente Medio, a pesar de sus evidentes riesgos de contagio, ha bajado en la lista de prioridades. Pero también refleja una verdad más dura: Europa sigue teniendo dificultades para utilizar su peso económico de forma estratégica.
Barnes-Dacey se muestra profundamente escéptico respecto a que Europa pueda recuperar una influencia significativa sin un cambio importante en la voluntad política.
Mirkhan, en cambio, es más optimista. Argumenta que, aunque Europa ya no es fundamental en la fase militar de la crisis, aún podría desempeñar un papel importante en lo que venga después si el régimen de Irán cae: apoyar a las figuras de la oposición, facilitar el diálogo entre ellas y ayudar a configurar el marco democrático de una posible transición. En sus palabras, Europa debería pasar “de acciones declarativas y simbólicas a ser más bien una fuerza motriz”.
Para Barnes-Dacey, la situación está clara: si esto fuera una prueba para determinar si la UE es un actor geopolítico significativo, entonces “Europa ha fracasado”, sentencia. La crisis de Irán pone de manifiesto una vez más la brecha entre las ambiciones geopolíticas de Europa y su capacidad para llevarlas a cabo.
En el caso de Ucrania, la UE ha demostrado que todavía puede ser importante cuando habla con una sola voz. En el caso de Irán, aún tiene que demostrar que puede ser algo más que un mero espectador.
Fuente: Deutsche Welle

