Cuba “está a punto de caer”, ha repetido el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, desde su intervención militar en Venezuela, descartando la necesidad de una acción similar para conseguirlo. “Están hablando con nosotros y quizá veamos una toma de control amistosa”, afirmó la semana pasada, en medio de un estricto bloqueo petrolero a la isla, al que puso recientemente un parche, autorizando la importación de combustible al sector privado.
Mientras los activistas alertan de un aumento sostenido de la represión política en Cuba, en medio del agravamiento de su larga crisis económica (de los apagones y de la escasez de alimentos, medicamentos y otros productos y servicios básicos como el transporte), medios estadounidenses aseguran que existen conversaciones informales con un miembro de la familia Castro. Y el Gobierno de EE. UU. reaccionó con cautela al reporte de un incidente mortal entre guardacostas cubanos y expedicionarios armados que llegaron desde Florida a costas de la isla.
“Lo que aplica para Irán, Groenlandia y Venezuela, aplica para Cuba”, dice a DW la economista cubana Tamarys Bahamonde, profesora asistente de la City University of New York (CUNY) e investigadora del Centro de Estudios Latinoamericanos (CLALS) de la American University en Washington. La actual ‘Doctrina Donroe’ de EE. UU. es “una política exterior de dominación hegemónica. Eso es lo que buscan”, zanja. Para el secretario de Estado, Marco Rubio, de origen cubano, “esta posición es una forma de cumplir sus objetivos políticos históricos”, agrega.
El Gobierno de Trump ha pasado de exigir un cambio de régimen en Cuba “a decir que Cuba debería mejorar su estatus económico y aceptar algunas propuestas de EE. UU., pero esas propuestas no se conocen”, comenta a DW, desde La Habana, Omar Everleny Pérez, exdirector del Centro de Estudios de la Economía Cubana (CEEC). Eso sí, tras la invasión a Irán y la intervención en Venezuela, está claro que esta Administración “no se mide mucho” en tomar ese tipo de decisiones, advierte.
“No estoy segura de que quieran un cambio de Gobierno”, evalúa la abogada Laritza Diversent, directora ejecutiva de la ONG Cubalex, que ofrece asesoría legal y de derechos humanos en Cuba desde el exilio en EE. UU. No obstante, espera que el actual Gobierno estadounidense sí busque “un proceso gradual de apertura política” en la isla, más allá de otros intereses estadounidenses, que podrían estar ligados a recuperar antiguas propiedades (incluidas tierras), hoy en manos del Estado cubano.
Hoy, las opciones isleñas “se reducen a que EE. UU. cambie la política hacia Cuba, o que el Gobierno de Cuba se siente a negociar con EE. UU. y lleguen a un acuerdo que haga que EE. UU. cambie esa política”, observa la economista Bahamonde.
Tanto el poder de negociación como la capacidad de Cuba para resolver el problema al margen de negociaciones con EE. UU. son “extremadamente limitadas”, resume. La isla ha contado con apoyo diplomático o ayuda humanitaria de aliados como Rusia, China o México, pero eso no basta para salir de la crisis, coincide la abogada Diversent.
“Si es cierto que existen conversaciones por canales ‘no oficiales’, pienso que el régimen le apostaría a lograr algunos acuerdos que les permitan sobrevivir como clase en el poder”, prevé el también economista cubano Mauricio de Miranda, profesor de la Universidad Javeriana en Cali, Colombia, y codirector del laboratorio de pensamiento cívico CubaxCuba.
“Independientemente de lo que piense EE. UU., Cuba tiene que hacer una reforma más integral de su economía”, insiste Omar Everleny Pérez. En su opinión, si bien buena parte de la crisis económica cubana “se deriva del cruel bloqueo de EE. UU.”, otra gran parte “se puede resolver internamente”. Se refiere, por ejemplo, a una agricultura sometida a fuertes controles y a una gran centralización en la toma de decisiones económicas.
Pérez, exdirector del Centro de Estudios de la Economía Cubana y hoy parte del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo-Cuba, cree que el Gobierno cubano podría haber tomado ya más medidas que impacten la estructura productiva del país e incentiven al sector privado, el único dinámico en los últimos años. “Uno de los argumentos que tiene EE. UU. sobre Cuba es que la población está sufriendo”, recuerda. Y, aunque parte de ese sufrimiento lo provocan las medidas estadounidenses, “en la práctica, la gente está en el medio, y la gente lo que tiene que ver es bienestar, y ese bienestar se lo tiene que dar el Estado cubano”.
Sin embargo, hace décadas que La Habana responde a las crisis con un mismo esquema de tres fases: crisis, reforma y contrarreforma, señala su colega Bahamonde. “Cada vez que hay una crisis aguda, que las condiciones económicas y políticas se vuelven críticas, hay un período de apertura, más breve o más largo en dependencia de cuánto se demore la marea en volver a su lugar”, explica esta experta cubana de las universidades de Nueva York y Washington. Y aclara que no puede asegurar que una contrarreforma seguiría a cualquier reforma esta vez, pero sí que, “como tendencia, en el pasado, siempre hay una contrarreforma”.
“La mejor opción para Cuba, pensando en el país y no en quienes gobiernan, sería declarar una amnistía general, asumir que no es posible mantener el actual estado de cosas e iniciar un debate nacional que implique la creación de algún mecanismo en el que estén representadas diversas opciones políticas”, considera el economista De Miranda. Le gusten o no al Gobierno cubano, y con la isla “a un paso de la catástrofe”, se deberían tener en cuenta “todas las voces posibles”, incluidas las de la diáspora, coincide Everleny Pérez.
El objetivo debería ser “iniciar una profunda reforma económica, de la mano de una democratización del sistema político”, opina De Miranda. Pero cree, al mismo tiempo, “que carecen del coraje político para hacer algo semejante. Entre otras cosas, porque todo parece indicar que el verdadero poder no está en las estructuras institucionales del país, sino en el círculo íntimo de Raúl Castro y el alto mando de las fuerzas armadas”.
Para Diversent, de Cubalex, Cuba aún está “bien lejos” de un escenario de transición, que requeriría mínimas libertades de expresión, asociación o movilidad de las que carece hoy la isla. Pero, tras 60 años reprimida por la Seguridad del Estado, la sociedad civil cubana ―especialmente en el exilio, donde puede operar más libremente―, debe prepararse, usar la experiencia adquirida tras las masivas protestas de 2021, consensuar demandas innegociables más allá de la libertad de los presos políticos y aprovechar cualquier apertura para impulsar una transición a largo plazo.
Aunque “el régimen tratará a toda costa de evitarlo”, advierte De Miranda, “la sociedad civil cubana está demorada en construir un amplio Movimiento Cívico Nacional que pueda canalizar políticamente la presencia de esas otras voces”.
Fuente: Deutsche Welle

