La guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que estalló el 28 de febrero de 2026, no comenzó de repente. El conflicto entre EE. UU. e Irán se viene desarrollando a lo largo de generaciones. DW ofrece una retrospectiva de los sucesos clave: el golpe de 1953, la crisis de los rehenes de 1979-1981 y la actual disputa nuclear.
Durante gran parte del siglo XX, Irán y EE. UU. mantuvieron una estrecha relación. Tras la Segunda Guerra Mundial, Washington consideró a Teherán un aliado clave contra la Unión Soviética. Estados Unidos apoyó al sha Mohammad Reza Pahlavi, quien posicionó a Irán como una monarquía prooccidental en Oriente Medio.
Pero, en 1951, el primer ministro iraní Mohammad Mossadegh nacionalizó la industria del petróleo de Irán, desafiando el control de Occidente sobre los recursos iraníes. Dos años más tarde, la CIA y el MI6 británico organizaron un golpe contra Mossadegh. Ian Lesser, vicepresidente del think tank alemán Marshal Fund, señala que el golpe de 1953 fue un punto de inflexión “que Estados Unidos y Reino Unido orquestaron esencialmente para derrocar a Mossadegh y reinstaurar al sha”.
El golpe restauró la autoridad del sha y generó un profundo sentimiento de injusticia en la sociedad iraní, que lo consideró una intervención extranjera contra la democracia. “La generación de mis padres achacaba los problemas del país a la intervención estadounidense. Veían al sha como a un títere de Estados Unidos”, explica a DW Negi Shiraghei, fundadora de Azadi Network, que promueve el movimiento “Mujer, Vida, Libertad” en Irán, desde Reino Unido. Esa visión impulsó la Revolución Islámica tres décadas más tarde.
A finales de la década de 1970, el descontento con el régimen del sha aumentaba constantemente. Muchos lo consideraban represivo y eran críticos del rol decisivo de Washington para mantenerlo en el poder.
En 1979, protestas masivas terminaron con el régimen del sha. El líder religioso musulmán ayatola Ruhollah Jomeini regresó del exilio y creó la República Islámica de Irán, con una clara postura antioccidental y antiestadounidense.
Parte de la generación que contribuyó a establecer la República Islámica y su política de confrontación hacia EE. UU. aún ocupa altos cargos en Irán. Y el actual liderazgo sigue recurriendo a símbolos y lemas de la revolución de 1979 para justificar su poder. Un pilar fundamental de este sistema es la Guardia Revolucionaria Islámica , una fuerza militar y política creada para defender la revolución y reprimir la disidencia interna, que reprime sistemáticamente las protestas, a los medios de comunicación y a la sociedad civil.
En EE. UU. predomina otro recuerdo: la crisis de rehenes de 1979-1981. El 4 de noviembre de 1979, un grupo estudiantil afín a la ideología de Jomeini asaltó la embajada estadounidense en Teherán y tomó como rehenes a 66 estadounidenses. Exigieron la entrega del sha, quien se había exiliado en Estados Unidos, y afirmaron que querían evitar otro golpe de Estado respaldado por potencias extranjeras como el de 1953.
Para muchos estadounidenses, ese fue un ataque a su país y una humillación diaria en televisión. 52 rehenes fueron mantenidos cautivos por 444 días, y su liberación fue celebrada en las calles de Nueva York, lo que tuvo un impacto en la opinión pública que dura hasta hoy.
La hostilidad siguió creciendo con los atentados de 1983 contra los cuarteles de Beirut, en los que la milicia Hezbolá, respaldada por Irán, asesinó a más de 200 infantes de marina estadounidenses en el Líbano. Lesser afirma que la percepción estadounidense sobre Irán “se vio moldeada por estas experiencias. Los principales atentados terroristas perpetrados por Irán siguen muy presentes en la memoria colectiva”.
Tras la revolución de 1979, había un fuerte sentimiento antiestadounidense en Irán. Pero Shiraghei asegura que la intensidad de ese sentimiento “fue cambiando rápidamente, aunque la gente no tuviera el coraje de decirlo”.
En la década de 1990 y a principios de la de 2000, los iraníes vivieron un período de intentos de apertura política. Apoyaron a líderes reformistas y deseaban un cambio. Shiraghei afirma que su generación creció cuestionando lemas propagandísticos que reclamaban la “Muerte a Estados Unidos”, retratado como el “Gran Satán”. Eran conscientes “de los aspectos negativos del poder estadounidense, de cómo recorren el mundo provocando guerras”, dice. Pero se preguntaban: “¿Es necesaria tanta hostilidad?”.
A nivel político, la cooperación más notable entre Washington y Teherán se dio luego de los ataques del 11 de septiembre de 2001. Los temas en común eran el fundamentalismo sunita y el terrorismo de Al Qaeda. Sin embargo, estos intereses comunes rara vez sobrevivieron a cambios en el liderazgo político, sostiene Lesser.
En Irán, el reformismo se topó con la resistencia de los sectores más intransigentes y las esperanzas de cambio se desvanecieron. En EE. UU., el temor a que Irán desarrollara un arma nuclear se convirtió en una preocupación dominante, aunque Teherán insistiera en que su programa estaba destinado a la energía civil. Las sospechas dieron lugar a años de sanciones, presión y amenazas, que influyeron en la política de ambos lados.
Los intentos diplomáticos culminaron en el acuerdo nuclear de 2015, que limitó el enriquecimiento de uranio por parte de Irán a cambio del levantamiento de las sanciones. Sin embargo, los críticos en Estados Unidos argumentaron que el acuerdo era demasiado limitado y temporal. Cuando la administración Trump se retiró del mismo en 2018, la desconfianza se profundizó.
Tras el fracaso del acuerdo, las negociaciones se estancaron repetidamente. Irán intensificó su programa nuclear y EE. UU. aumentó las sanciones. En junio de 2025, EE. UU. bombardeó instalaciones nucleares iraníes. Los ataques aéreos conjuntos de Estados Unidos e Israel, que acabaron con la vida del líder supremo de Irán, Ali Jamenei, marcaron el inicio de la guerra este 2026.
Lesser cree que aún es posible un acercamiento entre ambas partes, que “grandes sectores de la sociedad iraní, especialmente los jóvenes, ya no están dispuestos a tolerar más este régimen”. Para Shiraghei, “el sueño americano se exportó a través del cine e internet”, pese a las restricciones estatales.Y hasta estando en guerra, el sentimiento antiamericano entre los jóvenes es limitado porque “no buscan enemigos fuera. Los tienen dentro, a su lado”.
Las entrevistas para este artículo fueron realizadas por Ralph Martin.
Fuente: Deutsche Welle

