El mundial de fútbol en México: el caos que se volvió fiesta

El mundial de fútbol en México: el caos que se volvió fiesta

México lo hizo de nuevo. En el año 70, su primer mundial, el país tenía todavía abierta la herida de una terrible masacre de estudiantes que pedían reformar un sistema autoritario. En el 86, el mundial se jugó sobre las ruinas de un terremoto que les costó la vida a miles de personas.

Y en 2026, pocas horas antes de la inauguración del Mundial en el mítico estadio que la FIFA insiste en llamar Estadio Ciudad de México —aunque todo el mundo siga diciéndole Azteca— la capital parecía sumida en un caos indomable: maestros bloqueando calles enteras exigiendo mejores salarios y pensiones; trabajadores dando los últimos retoques al aeropuerto y las avenidas; el presidente de EE.UU. Donald Trump amenazando con operaciones militares para golpear el narcotráfico en México; familiares de desaparecidos exigiendo respuestas al gobierno y ambientalistas manifestándose contra megaproyectos.

Para remate, el ingreso al Fan Fest del Zócalo —la gigantesca plaza en el corazón de la megaurbe— fue caótico, con gente empujándose, insultando a los policías por la demora y niños llorando de susto entre los gritos. La Secretaría de Seguridad Ciudadana tuvo que cerrar los accesos cuando la explanada alcanzó su capacidad máxima y redirigir a la multitud hacia el Fan Fest de Garibaldi.

Shakira irrumpió en el Azteca con Dai Dai junto a Burna Boy, y algo se rompió en el aire. Belinda y Los Ángeles Azules siguieron con Por ella, mezclando la potencia del pop nacional con el sonido inconfundible de la cumbia mexicana. Luego, Alejandro Fernández entonó el Himno Nacional mientras miles de aficionados lo coreaban con emoción en el estadio. Fuera, en el Zócalo, miles de aficionados corearon también el himno nacional frente a las pantallas gigantes.

En el estadio repleto, miles de hinchas arrojaron al aire los sombreros de cartón repartidos en las tribunas, diseñados para protegerse del intenso sol de la tarde, en una celebración espontánea que tiñó de verde, blanco y rojo el cielo del Coloso de Santa Úrsula.

La fiebre envuelve incluso a los fanáticos extranjeros. El Estadio Azteca se convirtió en punto de peregrinación mundialista desde días antes, y su fachada en escenario favorito para selfies. "Estuvimos en Estados Unidos recientemente; allá no hay ánimo, muy diferente de México, donde se siente la pasión", dijo un fanático colombiano a una televisora local. "México tiene los mejores aficionados, en Estados Unidos no hay cultura de fútbol", añadió un turista rubio con la camiseta de la selección alemana.

A las 13:05 horas comenzó oficialmente el Mundial con el silbatazo inicial del duelo entre México y Sudáfrica. El Tri superó las expectativas en el primer tiempo con pasajes de buen fútbol y un deseo superior de recuperar el balón bien cerca del arco rival. Al minuto 9, Julián Quiñones —nacido en Colombia pero nacionalizado mexicano— abrió el marcador con un disparo potente que se coló entre las piernas del arquero Ronwen Williams. El gol estalló simultáneamente en el estadio, en el Zócalo, en los bares, en los salones de clase y en los rincones más remotos del país.

Porque la fiebre llegó lejos. Desde pueblos en la sierra de Guerrero hasta comunidades pesqueras afromexicanas en el Pacífico, pasando por la industrial Monterrey o la colonial Puebla: desde temprano se sentía en el aire algo distinto.

En Cholula, antigua ciudad prehispánica en el estado de Puebla, a primeras horas de la mañana, escolares y sus padres —enfundados en camisetas del Tri— caminaban a prisa por las aceras para no llegar tarde. Mientras en la capital las escuelas cerraron por motivo de la inauguración, en la provincia el horario siguió en pie. "Creo que igual los chicos van a ver el partido en el colegio con sus maestros", comentó Rosana Sánchez, jalando a su pequeño Emiliano hacia la puerta de la escuela primaria a pocas cuadras de la pirámide de los cholutecas, pueblo indígena contemporáneo de los aztecas.

A un par de kilómetros hacia el oriente, tres universitarios con un carrito lleno de papitas fritas debatían frente a un estante cuál cerveza llevar a casa de unos amigos. Las cajeras los miraban con una sonrisa cómplice, discutiendo las posibilidades del Tri de llegar otra vez a los cuartos de final, como en 1970 y en 1986, ambas veces como anfitrión del mundo.

Fuera del supermercado, la vendedora ambulante Carolina Cuatle, de 53 años, intentaba colocar las últimas camisetas que le quedaban. "Aproveche, hoy en rebaja, solo a 650 pesos", exclamaba, mostrando su mercancía de poliéster con costuras que delataban su origen en algún taller clandestino. La mercancía es destinada a la gran mayoría de los mexicanos, quienes no pueden desembolsar los 2.000 pesos que cuesta la playera oficial, y menos aún comprar una entrada al estadio, cotizada en no menos de 20.000 pesos —muy por encima de cualquier Mundial anterior.

Para ellos quedó la fiesta popular. En el centro de CDMX, entre mexicanos y extranjeros, niños, adultos y hasta ancianos en silla de ruedas, todos animando a un equipo que les pertenece. Hubo, sin embargo, una ausencia notable: la presidenta Claudia Sheinbaum, quien había sorteado su entrada al partido inaugural en un concurso de niñas futbolistas, tampoco apareció en el Zócalo, al pie del Palacio Presidencial. "Tiene miedo al abucheo público", sospechó el periodista Carlos Loret de Mola en una columna, recordando que los estadios son un terreno históricamente difícil para los presidentes mexicanos.

Iniciado el primer tiempo, sin embargo, Sheinbaum publicó un video en redes sociales, vestida con la camiseta verde, desde un evento en un recinto deportivo popular al norte de la CDMX, bastión de su partido Morena.

Pero la política se fue disolviendo a medida que avanzaba el partido y México metió el segundo gol contra cero de Sudáfrica, terminando así con una clara victoria. Con cantos y sonrisas, los fans mexicanos salían entusiasmados del Azteca, el primer estadio en recibir tres partidos inaugurales mundialistas. Un récord en papel. Pero lo que se siente en las calles y en los corazones de millones, no cabe en ninguna estadística. Y, como en los mundiales anteriores, la magia de la pelota dejará en segundo plano, por ahora, los múltiples problemas de México.

Fuente: Deutsche Welle

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