Las autoridades municipales de Damasco prohibieron la venta de alcohol en buena parte de la ciudad. Bares y restaurantes que llevaban décadas sirviendo cervezas y otros brebajes ya no podrán hacerlo. Apenas podrá adquirirse alcohol para llevar, siempre con la botella cerrada, en algunos barrios de mayoría cristiana.
La medida no es inusual en Medio Oriente. Los musulmanes practicantes no deben consumir sustancias “intoxicantes”, aunque los cristianos no tienen problemas con ello. Por eso, las licorerías y los bares suelen encontrarse en barrios cristianos.
Sin embargo, una medida de este tipo es totalmente atípica para Damasco. La capital de Siria tiene regulaciones sobre la venta de alcohol, pero no se aplican del todo, en gran parte porque quienes gobernaron hasta 2024, la autoritaria familia Assad, priorizó el nacionalismo y el laicismo por sobre las normas religiosas.
Por ello la prohibición adoptada en la ciudad ha desatado agrios debates entre los sirios.
“La noticia fue sorprendente y decepcionante”, dice a DW Angela Alsahwi, que trabaja en una productora de medios. “Damasco siempre ha sido una ciudad acogedora y la diversidad es su verdadera identidad. Esta decisión hace que sintamos que se pierde parte de ese espíritu abierto”, apunta.
Hay otros argumentos contra la prohibición. La economía siria está en condiciones paupérrimas y el cierre de bares y restaurantes derivará en la pérdida de cientos de empleos. El turismo también es necesario, y los críticos sostienen que esta prohibición podría desalentar la llegada de extranjeros.
Otros estiman que el hecho de que las ventas se restrinjan a zonas cristianas podría fomentar el sectarismo.
“Quienes redactaron, firmaron y debatieron esta decisión claramente no comprenden el tejido social de Siria”, dice Roba Hanna, un activista prodemocracia que volvió recientemente a su país. “No todos los cristianos beben, y algunos musulmanes sí lo hacen. Al vincular el consumo de alcohol con una afrenta a la moral pública, básicamente se estigmatiza a algunos ciudadanos como indecentes. Es una vergüenza”.
Por supuesto también hay muchos sirios que apoyan la medida. “Somos un país de mayoría musulmana”, escribió uno en redes sociales. “La decisión protege a nuestros hijos y su futuro”. Otros estiman que esto cuidará la cultura de influencias occidentales “corruptas”.
También están los que estiman que el debate es frívolo, teniendo presente las difíciles circunstancias que atraviesa el país. “Entablar debates sobre el alcohol solo demuestra desconexión con la realidad”, dice a DW el joyero Mahmoud al-Khatab. “A la gente que sufrió los horrores de la guerra esto no les importa. A ellos les importa cómo alimentar a sus familias”.
Algunos observadores advierten, sin embargo, que la prohibición sí debería ser motivo de preocupación, porque “no se limita a una bebida o un estilo de vida, sino que simboliza cuestiones más profundas sobre la gobernanza, los valores sociales y el equilibrio entre las ideologías religiosas y seculares”. Esto fue lo que escribió el activista prodemocracia Amma Abdulhamid en la revista digital Newlines, cuando se comenzó a debatir la prohibición del alcohol en 2024.
Ahora se vuelven a plantear las mismas dudas, especialmente porque la prohibición del alcohol en Damasco es apenas la última de una serie de restricciones basadas en ideas sobre la “moral pública”.
El pasado verano, el gobierno sirio advirtió que hombres y mujeres debían usar trajes de baño recatados en playas y piscinas. En enero de este año, el municipio de Wadi Barada ordenó a los restaurantes no recibir más grupos mixtos. Ese mismo mes, en la ciudad de Al Tal se prohibió que los hombres trabajen en tiendas de ropa femenina, argumentando razones de “decencia pública”. Y en febrero, en Latakia se prohibió a las funcionarias usar maquillaje.
“En una mirada de conjunto, la prohibición del alcohol refleja preocupantes señales de una creciente tendencia de los funcionarios públicos a intervenir en la vida privada”, escribió Haid Haid, consultor del centro de estudios británico Chatam House.
La mayoría de los miembros del gobierno interino sirio, incluido el presidente Ahmed al Sharaa, estuvieron antes en el poder en la región de Idlib, en el norte del país. Idlib era controlada por Hayat Tahrir al Sham (HTS), el grupo rebelde liderado por Al Sharaa, que derrocó al régimen de Bashar al Asad a fines de 2024. Si bien HTS moderó sus políticas, durante años fue muy conservador y estuvo relacionado con grupos extremistas.
Por ejemplo, Idlib tuvo varias unidades de policía religiosa, que controlaban la vestimenta de mujeres y la venta de cigarrillos e instrumentos musicales, entre otras cosas. El trabajo de esa unidad fue suspendido en 2023, en parte porque los ciudadanos se oponían a él.
A fines de 2024, Al Sharaa dijo a la BBC que Siria no estaba dispuesta a convertirse en Afganistán y aseguró que su gobierno no buscaría imponer la ley islámica a las minorías.
Esto no ha frenado los temores de muchos sirios, que ven con preocupación que lo del alcohol sea solo el primer paso para nuevas restricciones. Por eso ya se han alzado voces críticas que incluso han pedido la dimisión del gobernador.
Fuente: Deutsche Welle
