La guerra en Ucrania, país situado en el flanco oriental de la Unión Europea, el desprecio —o mejor dicho, la abierta desconsideración— del derecho internacional por parte de Estados Unidos bajo la presidencia de Trump, así como las acusaciones de violaciones del derecho internacional humanitario contra Israel han provocado una profunda conmoción entre muchos europeos.
El orden mundial establecido tras la Segunda Guerra Mundial ha llegado a su fin, dijo en febrero de 2026 el canciller alemán, Friedrich Merz, en la Conferencia de Seguridad de Múnich: "Ese orden, por imperfecto que fuera incluso en sus mejores momentos, ya no existe tal como lo conocíamos".
Los interlocutores asiáticos suelen sorprenderse ante la consternación de algunos europeos. "Creo que la competencia y el conflicto son características fundamentales de las relaciones internacionales. Estas duras verdades eternas han quedado ocultas durante un breve período, quizá unos veinte años, desde la caída del Muro de Berlín hasta el estallido de la crisis financiera global. Fue una fase extraordinaria de la historia mundial", comentó a DW a finales de mayo de 2026 el exdiplomático singapurense Bilahari Kausikan, durante el diálogo de seguridad asiático Diálogo de Shangri-La.
Por su parte, el politólogo Marc Saxer, director de la oficina Asia-Pacífico de la Fundación Friedrich Ebert, explica a DW que esta diferencia de visión entre Europa y Asia es el resultado de experiencias históricas distintas. Europa pudo permitirse soñar con un orden mundial liberal bajo el paraguas de seguridad estadounidense. Para Asia, eso era impensable.
Saxer considera que el intento de imponer un orden liberal mundial ha fracasado y sostiene que "el regreso de Estados Unidos al papel que desempeñó hasta la década de 2010 es imposible por razones estructurales".
Thomas Kleine-Brockhoff, de la Oficina Alemana de Relaciones Exteriores, opina que Washington intenta crear "un mundo hegemónico de grandes potencias, una especie de directorio mundial junto con Rusia y China". Es decir, un sistema basado en esferas de influencia de las grandes potencias.
Por ese motivo, el derecho internacional y las instituciones multilaterales, como la ONU, están siendo socavadas por Estados Unidos, China y Rusia, aunque cada uno por razones y objetivos diferentes. Saxer denomina este escenario como "Wolfswelt" ("mundo de lobos"), es decir, un lugar en el que la ley del más fuerte triunfa sobre la fuerza de la ley.
A la mayoría de los demás países no les interesa un mundo así. ¿Qué respuestas están surgiendo? Kleine-Brockhoff identifica tres modelos:
-Japón: situado junto a una China en ascenso y con pocos socios afines en la región, Japón no tiene otra opción que profundizar su cooperación con Estados Unidos.
-Europa: unida geográficamente e interconectada políticamente, apuesta por el fortalecimiento propio tanto económico como militar. Al mismo tiempo, intenta mantener el compromiso estadounidense durante el período de transición para, eventualmente, poder sostenerse por sí misma.
-Las potencias medias: el tercer modelo fue formulado por Mark Carney en una destacada intervención en el Foro Económico Mundial: "El viejo orden no regresará. No debemos lamentarlo. La nostalgia no es una estrategia. Pero, a partir de esta ruptura, podemos construir algo mejor, más fuerte y más justo. Esa es la tarea de las potencias medias".
Por su parte, Saxer coincide con Carney y destaca una novedad histórica: "Por primera vez en siglos, potencias no occidentales van a participar decisivamente en la configuración del próximo orden mundial". A diferencia del pasado, afirma, el orden ya no significará occidentalización.
Las nuevas reglas deberán tener en cuenta tanto las concepciones chinas —donde las normas están orientadas al colectivo más que al individuo— como las visiones del mundo musulmán, basadas en la comunidad de creyentes.
Saxer propone tres principios: incluir también a países pequeños, como Nueva Zelanda, Noruega o Singapur, hablar de "puntos de encuentro" y no de alianzas, con el fin de evitar nuevos bloques, y fomentar la cooperación con todos los países dispuestos a resolver problemas globales, independientemente de su sistema político interno.
Saxer imagina una especie de Helsinki 2.0, un pacto inspirado en los Acuerdos de Helsinki alcanzados durante la Guerra Fría en el marco de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa. La idea sería impulsar acuerdos pragmáticos basados en intereses comunes, manteniendo ciertos principios irrenunciables, como los derechos humanos.
Kleine-Brockhoff se muestra escéptico sobre la estabilidad de estas fórmulas. A su juicio, toda forma de orden necesita fuerzas capaces de sostenerlo y garantizar el cumplimiento de las reglas.
Por ello cree más probable la aparición de un "multiorden mundial", caracterizado por la coexistencia de distintos modelos de organización internacional, cada una de ellas con una capacidad de influencia limitada.
El problema de esta fragmentación es que resulta cada vez más difícil proteger bienes públicos globales como la lucha contra el cambio climático, la prevención de pandemias o la preservación de la paz internacional.
Fuente: Deutsche Welle

