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Cuando en 2007 Danilo Medina denunció que en la convención para nominar al candidato presidencial del PLD “se impuso el estado”, dejaba al descubierto la desfloración del partido creado por Bosch para completar la obra de Duarte, de organizarnos como un país libre, justo y civilizado.

Antes de asumir la Presidencia en 1996, Leonel Fernández dio una pista del presupuesto con que gobernaría el PLD: Mantendría los ritos del poder, declaró.

Esa confesión preanunció el esquema diseñado por el liderazgo morado para apropiarse del patrimonio estatal a través de diferentes prácticas y usarlo en beneficio político y de acumulación económica personal.

El modelo del PLD fue cimentado en la desarticulación de la zapata de la democracia, que es la independencia de los poderes del Estado, convirtiendo al Congreso en amanuense del Ejecutivo, subordinando al sistema judicial al poder político y repartiendo la organización y el arbitraje electoral entre dirigentes del partido y figuras comprometidas con “legitimar” sus “triunfos”.

El PLD convirtió al Gobierno en una hipertrofiada maquinaria acumuladora de caudal electoral, con nóminas formales y ocultas que pudieran sobrepasar los 900 mil sueldos, agregando a los cuadros políticos que cobran dos y tres veces, mientras los programas oficiales de asistencia social corren bajo orientación de clientelismo político.

La otra misión del elefantiásico aparato estatal es hacer negocios para beneficio de la alta dirigencia oficialista y allegados, especialmente en la construcción de obras públicas, y en la importación de mercancías de todo tipo, en competencia desleal con los productores y el comercio locales, como advierte Antonio Taveras Guzmán, presidente de los Industriales de Herrera y provincia Santo Domingo:

“La corrupción que se practica desde el Estado y en contubernio con agentes minoritarios del sector privado constituye el principal obstáculo para el desarrollo de las inversiones del 98 % del tejido empresarial y para el progreso social de los 10 millones de dominicanos”.

Endeudamiento desbordado, déficits fiscales acentuados en años de zafra electoral, y despilfarro caracterizan un modelo de corrupción e impunidad que pese a contar con el apañamiento de buena parte de la prensa no puede ocultar sus escándalos, deficiencias e infuncionalidad que brotan cual metástasis degenerativa, sumiendo al país en violencia, caos, y amenazas a la salud económica, ética e institucional de la Nación.

Cuando Temístocles revela que en sus campañas de 2008, 2012 y 2016 el PLD usó recursos de Odebrecht, y Díaz Rúa testimonia que recursos ilícitos que le atribuye la Procuraduría son del PLD, ponen al descubierto partes del laberinto de corrupción, impunidad e ilegalidades que tienen a ese partido atrapado.

El boicot a las leyes de Partidos y Electoral, como el cieno de la corrupción y la impunidad, llevan a Danilo y a Leonel a otro tramo del laberinto de 2007, semejando a una creatura que huye alrededor de sí intentando morderse el rabo, ignorando que es su cabeza.

Y sin saber que son partes de lo que Luis Abinader llama modelo agotado, sin respuestas ante un país desbordado por urgencias e importancias que sólo pueden ser respondidas por un gobierno de Cambio.